¿Quién dijo que todo está perdido?


By Yudith Madrazo Sosa

   Debía acumular entre tres o cuatro años, a juzgar por la estatura y el habla todavía balbuceante. Lo ¿escortaban? dos hombres, más atentos a su conversación que a los apremios del menor, quien por algún motivo reclamaba la atención de ellos. ¡Manda p—- esto!, escapó de los labios del pequeño y colmó de estupefacción mis oídos. “Pobre niño, ni siquiera sabe pronunciar bien la palabrota”, pensé.

  Mi consternación creció cuando vi que, por toda respuesta, uno de los adultos se volvió hacia él y espetó: “Toma, para que te calmes los nervios”. Al instante, el niño abarcó con su boca la boca de un recipiente…¡lleno de cerveza!

  Ante la escena, mis sentimientos oscilaron entre la perplejidad y el desasosiego. ¿Cuál será el futuro de aquel pequeño si no consigue el faro adecuado para enderezar sus pasos mientras avanza hacia la adultez? “Para que te calmes los nervios”. La frase martilló en mi memoria por largo tiempo. ¿Quién calmará los nervios de una sociedad cuándo esta falla en velar por la acertada formación de sus renuevos?

  No podré confirmar si uno de los hombres de marras es padre, abuelo o tío del infante. De algo sí tengo certeza: ambos les son cercanos, forman parte del ambiente donde desarrolla su existencia y, por consiguiente, influyen en su educación.

  El anterior no constituye un caso aislado. Si escudriñamos con franqueza nuestra realidad, aceptaremos que gran parte de la vulgaridad o los trastornos de comportamiento de la cual hacen gala adolescentes, jóvenes y también adultos posee raíces en el entorno familiar o comunitario donde contextualizan sus vidas. Algunos niños sólo replican en público lo experimentado en la intimidad del hogar.

  Por tal motivo, considero yo, si pretendemos reivindicar los valores defendidos por el proyecto social cubano y desterrar la conducta errónea, los malos hábitos, la ordinariez -comportamientos sobre los cuales nos han alertado influyentes personalidades de la cultura y la política nacional, tal cual hizo recientemente el Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba Raúl Castro Ruz, al leer el informe central al VI Congreso del Partido- hemos de comenzar por reconocer las fisuras de la educación en el seno de la familia y en la escuela, sin soslayar cuánto inciden en el proceder humano los cánones promulgados por la sociedad moderna la cual, en sentido general, se torna flexible a la hora de trazar límites entre lo correcto y lo incorrecto.

  Como sabemos, vivimos tiempos cuando la mayoría de las personas contemplan en su interior un gran vacío de principios éticos y morales. Nos desenvolvemos en medio de una cultura que exalta el individualismo, la competencia, la inteligencia, la astucia, el tener, en menoscabo de cualidades como el ser, la solidaridad o la responsabilidad.   

  Pero es dentro del hogar donde el individuo debe encontrar y adquirir las virtudes humanas que den sentido a su existencia. Así, con el fin de recuperar el terreno erosionado resulta necesario fomentarlas en los renuevos en ese contexto y acentuarlos en la escuela.

  Sin embargo, también las instituciones escolares han mostrado deficiencias a la hora de abordar el asunto. En muchas ocasiones la educación en valores no pasa de la impartición de alguna asignatura relacionada con el tema sin parar mientes en la necesidad de que los muchachos no sólo escuchen o vean sino vivencien lo transmitido por tales mensajes. 

 Según no pocos investigadores, las crisis económicas y sociales repercuten sobre la familia e inciden en el resquebrajamiento de valores. Ello se manifiesta con mayor vehemencia en momentos de reajustes y transformaciones, tal los vividos por el país en los años del período especial, así como ahora cuando tiene lugar la actualización de su modelo económico.

  Con certeza, la adversa coyuntura económica cubana erosionó los cimientos de importantes principios morales y éticos en respuesta de lo cual aparecieron fenómenos impensados como el consumo de drogas, la prostitución, el desinterés por la superación cultural. Sin embargo, tales razones no justifican la adhesión a corrientes de pensamiento distorsionadas que cada día aceptan más como normal la deshonestidad, la falta de respeto y la violencia.

  ¿Qué hacer ante tal situación? ¿Aceptar la crisis de valores como algo insalvable, como el estado natural de cosas? ¿Quién dijo que todo está perdido? Lo primero, en mi opinión, reside en reconocer sus causas y no sólo en lidiar con los síntomas, en aceptar la responsabilidad de mostrar a las nuevas generaciones el camino de la verdad, el respeto, la ayuda a los demás, la autoestima. Pero antes, recompongamos dentro de nosotros mismos los trocitos de virtudes que el devenir histórico-social nos ha dejado. Así podremos encauzar a nuestros renuevos hacia una vida plena y con claros propósitos.

 

 

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