Las buenas costumbres, ¿pasaron de moda?


By Yudith Madrazo Sosa

Algo tan elemental como el saludo resulta en ocasiones olvidado

Como una prenda de vestir o un ritmo musical, las buenas costumbres parecen estar sujetas también a los designios de la moda. En esta época signada por la renovación constante y el movimiento vertiginoso de la sociedad, la cortesía y la amabilidad asoman como piezas museables, una especie de eco de voces alguna vez escuchadas y recordadas hoy por muy pocos.

¿Acaso resultan anticuados los modales correctos? ¿Quién determinó el desuso de frases amables, del tratamiento respetuoso, del arte de saber hablar y, más importante aun, escuchar? ¿Cuándo quedaron abolidas las reglas elementales de la buena educación?

No resulta difícil constatar a nuestro alrededor manifestaciones de descortesía y rispidez en el trato. Se extienden por todas partes y contagia a la mayoría, como una epidemia. Convivimos con ellas a tal punto que muestras de lo contrario en ocasiones se reciben con sorpresa o estupor, cuando no las consideran ridículas.

Las encontramos al abordar un ómnibus y ser partícipes de empujes y enfados; o cuando entramos a un establecimiento comercial y somos desatendidos por los dependientes, casi siempre sumidos en interminables conversaciones entre sí; si al entrar a un auto damos los buenos días al chofer y recibimos el silencio por respuesta; o si luego de salir de él, olvidamos agradecerle el aventón.

También resultan frecuentes conductas inadecuadas como esa de llamar al vecino a gritos, en lugar de tocarle a la puerta; o interrumpir la conversación entre dos ante la impaciencia de comunicarnos con uno de ellos. Pululan ejemplos ilustrativos de cuánto la humanidad ha perdido en cuestiones de cívica.

Al parecer los avances tecnológicos, la premura y el estrés propios de la sociedad moderna hicieron caer en desgracia a las gentilezas. No pocos las consideran una pérdida de tiempo o las desdeñan por asociarlas a cierta especie de servilismo.

Sin embargo, con todo y sus progresos, la gente de hoy no puede prescindir de gestos tan simples como ofrecer disculpas, pedir las cosas por favor, dar las gracias o propiciar una charla agradable entre amigos y compañeros de estudio o labor.

Todavía recuerdo los manuales de educación formal enseñados en las escuelas. Aquellos libritos ilustrados nos mostraban cómo resultaba de mal gusto comer en la calle, entrometerse en la charla de los adultos, rascarse la cabeza o lamerse los dedos frente a los demás, entre otros consejos.

Claro, las exigencias de la época presente nos privan de llevar a pie juntillas tales normas, pero esto no nos impide seguir ciertas pautas que nos hagan merecedores de la condición humana, ni tampoco establecer relaciones de cordialidad con nuestros semejantes.

Como todos conocemos, las malas costumbres van aparejadas a una deficiente formación de estilo y no a la instrucción. Por eso, podemos esperar palabras bruscas o gestos groseros lo mismo de una persona con escasos estudios que de una ostentosa de títulos universitarios y grados científicos.

Quienes peinan canas lo saben bien. En sus días, a los padres les bastaba una sola mirada para reprobar el comportamiento de los hijos. Y no necesitaban gritar para hacerse respetar. Las personas tenían claro las fórmulas del buen comportamiento porque para ello no era indispensable ser rico o asistir al mejor de los colegios. Ahora, en cambio, tales procederes aparecen cual dones dados a individuos especiales.

Por fortuna, la cordialidad no se ha perdido del todo. Aún quedan personas capaces de proferir frases amables, sonreir, elogiar los éxitos ajenos, evadir el insulto, prestar ayuda. Esos detalles, para algunos insignificantes, despejan el escabroso camino de la convivencia.

En mi opinión, los cubanos hemos subestimado la importancia de las buenas maneras. Quizás porque nos remitían a eso que otros llaman clase y aquí vinculamos con tradiciones pequeño burguesas. En el empeño de reemplazar rígidas normas de etiqueta por formas más ligeras en el habla y la conducta, fuimos erosionando el terreno de la buena educación, la cual no es privativa de ningún estrato social y nunca pasa de moda.

 

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