Los embrujos de la telebasura


By Yudith MADRAZO SOSA

 

Por lo general las personas permanecen alrededor de tres horas y medias frente a la pequeña pantalla

“La televisión es fascinación, es drama, es información, es poder, es emoción y es espectáculo”. Así lo afirma Edgar Jaramillo, director general del Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina (CIESPAL). Y no le falta razón. Sin dudas, la TV constituye un medio de comunicación muy poderoso, todavía el de mayor alcance e influencia en el mundo, aunque la Internet se alce como su más insondable rival.

Según estudios, por lo general las personas permanecen alrededor de tres horas y medias frente a la pequeña pantalla, tiempo que restan a otras formas de obtener información, cultura, conocimientos y entretenimiento como la lectura,

e incluso la charla familiar. Acciones relegadas por el embrujo de los teledramas, o el apasionamiento ante el calamitoso acontecer internacional.

No podemos soslayar la capacidad de persuasión sobre la opinión pública y nuestra manera de concebir el mundo de este invento de la segunda década del siglo pasado. Gracias a los avances en la tecnología, tiene el poder de mostrarnos en tiempo real lo que acontece al otro lado del orbe y de forma paralela ocultarnos los sucesos de nuestro entorno. Tal resulta su potencial para informarnos, divertirnos o manipularnos.

Por esa razón, desde hace varios años las Naciones Unidas, junto a no pocas personalidades dentro del ámbito de la comunicación, se ocupan en fomentar una televisión que además de entretener promueva una cultura de paz, seguridad y desarrollo.

Sin embargo, la situación actual de estos medios, en especial de los países del primer mundo, aún no se aproxima a los ideales. En tales ámbitos, la ponderación de las leyes del mercado, la presión de los beneficios económicos y hasta el desprecio a la audiencia han hecho proliferar lo que muchos denominan “telebasura”.

En este contexto, pululan los programas de exigua calidad, donde situaciones morbosas, sexo, adicciones, violencia, sensiblería, humor negro, exceso de espectáculos, telenovelas mediocres, concursos en los que ridiculizan a los participantes, programas del “corazón”, donde aparecen personajes grotescos buscadores de fama y dinero a toda costa y hasta reality shows, son los ingredientes con los que se aderezan no pocos productos atrayentes de espectadores.

Pueden pasar como opciones inocuas, que sólo buscan divertir, sin hacer largas incursiones hacia el razonamiento. Muchos las defienden alegando que la TV existe para entretener y no hay razón para pedirle más. Pero ¡cuidado!, traen sus consecuencias: constituyen un obstáculo para la cultura, desinforman más que informan, al presentar la realidad de una manera simplista, a través de una mirada parcial, reticente a las profundidades y en algunos casos, atentan contra valores fundamentales y universales como el honor, la intimidad o el respeto.

Sería injusto soslayar las cadenas y emisoras que despliegan verdaderos trabajos sociales y desarrollan programas con fines educativos, como en el caso de Cuba. Aquí, por fortuna, no proliferan las realizaciones del tipo basura. Pero ello no significa falta de audiencia. Gracias al desarrollo tecnológico y a la amplia adquisición de reproductores de vídeo o DVD, proyectos donde priman la espectacularidad, los chismes sobre famosos, juicios escandalosos y poco  creíbles, acaparan la atención de no pocos.

El fenómeno tendría un cariz menos grave si no fuera por la importancia que las personas conferimos a la televisión, a cuyo receptor muchos consideran el equipo electrodoméstico más necesario en el hogar.

“La programación de televisión necesita más profundidad y menos superficialidad”, asevera el director general del CIESPAL. En concordancia con ese presupuesto, se impone la toma de conciencia en virtud de reorientar su contenido y desterrar así las banalidades ofrecidas a diario a un público desprovisto de las armas para el juicio crítico o el discernimiento.

Pero, tal cual sucede en otros ámbitos del devenir humano, en la TV imperan las leyes del mercado. Y mientras lo anterior no se convierta en realidad tangible, toca a los televidentes rehusar el consumo pasivo de sus productos.  La elección de seguir o no las propuestas, de asumir una actitud crítica ante lo que nos ponen delante y exigir una puesta de calidad, inteligente y educativa depende de nosotros mismos.

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