El paraíso de Catalina


By Yudith Madrazo Sosa

Catalina sueña con conquistar el mundo. Quiere convertirse en una celebridad. No una actriz, cantante o profesional exitosa. Poseer mucho dinero es el deseo que alimenta sus ilusiones. Ser como sus amigas Jessica, Jimena y Vanessa, quienes visten a la moda, viajan en motocicletas y autos, poseen buenas casas, es su máxima aspiración. Se sabe joven y bonita, los atributos esenciales para alcanzar lo que ella considera el “paraíso”.

El dinero fácil puede comprar muchas cosas, pero no amor, sosiego, paz de espíritu.

Tales son los móviles del personaje protagónico de la telenovela colombiana inspirada en una historia real de Gustavo Bolívar “Sin tetas no hay paraíso”, la cual cuenta las peripecias de un grupo de muchachas que sucumben a los cantos de sirena del dinero fácil y por tanto hacen de la venta del cuerpo su fuente de ingresos.

Como el resto, Catalina abandona el bachillerato por considerar que “el estudio no da nada”. Está cansada de ser pobre, de comer lo mismo todos los días y de vivir en una casa modesta. Desoye los consejos de la madre, que intenta guiar a su prole por el camino del bien, y desatiende las súplicas de amor de su novio, un muchacho guapo, correcto y trabajador, quien en el calor de una discusión le espeta: “Su pobreza, Cata, está en su mente”.

Mientras veía hace unos años ese capítulo  reflexionaba en cuánto bien podría hacerle escuchar esas palabras a muchas jovencitas que convierten la posesión de “cosas” en el leit motiv de sus existencias. Aunque la historia transcurre en Colombia, me aventuro a asegurar que le ha hecho recordar la de alguna persona conocida del barrio, de la escuela, o hasta del centro de trabajo.

Por desventura, Cuba no está exenta de ese flagelo casi tan antiguo como el género humano que es la prostitución, a pesar del empeño de la Revolución de reafirmar la dignidad de las personas y de pavimentar el camino hacia la plena realización de la mujer.

Aunque parecía estar erradicado, el fenómeno emergió cual fantasma tras la crisis económica en que se sumió el país en la década del ’90. A partir de esos duros años, la prostitución ha sido la vía a la que han acudido algunos muchachos y muchachas para conseguir una vida fácil y acumular ciertas “riquezas”. Múltiples y complejas son las causas de este mal. Sin embargo, coincidirá usted conmigo en dar la razón a Albeiro -el novio de la citada Catalina- en que la principal de todas es el empobrecimiento espiritual de estas personas.

Cierto es que la precaria situación económica de la Cuba de hoy hace que los niveles salariales de los trabajadores sean poco tentadores. Los jóvenes ven postergadas o truncas muchas de sus aspiraciones. Quizás por ello algunos se encaucen por los varios y turbulentos afluentes de la prostitución, que como un río arrastra a sus víctimas hacia el desarraigo, la pérdida de la autoestima y la dignidad con más frecuencia de la que tenemos noticia.

Aunque, como apuntaba arriba, la estrechez mental de quienes hacen del cuerpo una fuente de lucro es un factor nada desdeñable a la hora de abordar el asunto. Para no pocos de quienes incurren en este ejercicio, el sentido de la vida se reduce a un poseer de cosas, que de no ser posible por la vía del trabajo honesto ha de alcanzarse a cualquier precio. Casi siempre quienes se prostituyen son individuos de escasa instrucción. Los estudios han sido abandonados porque “¿de qué valen?, si cursarlos no compra ropa ni zapatos de marca, ni permite ser clientes de restaurantes de lujo, ni pagan un viaje al extranjero”. Tal como reflexiona la propia Catalina, quien rechazó de un cliente los 3 mil dólares que le ofreciera para pagar el implante de silicona con el cual abultar sus senos y ganar un pasaporte hacia el “edén”, ignorante de que esos verdes equivalían a más de los cinco millones de pesos colombianos necesarios para la operación.

Poseer bienes y dinero no es malo, tiene usted razón. Lo pernicioso es poner el corazón en ellos, en considerarlo el puente que conduce a la felicidad. Por amor de él- el dinero- una parte de nuestros jóvenes sucumben al embrujo de la frivolidad y las gratificaciones instantáneas. Obcecados por el tener, se olvidan del sentir, ponderan las ganancias en menoscabo de los sentimientos, cambian cariño por un pasaje de vuelo al planeta plástico, donde habitan las joyas, las sonrisas doradas, la última moda, las mamas engrosadas con silicona, entre otros duendes de la superficialidad.

Ya sé. Alguno se justificará alegando que los apuros financieros lo condujeron a esa vida donde no todo es laurel, pues las más de las veces se callan los sufrimientos, los abusos, los deseos de volver a atrás sin saber cómo. De ahí la importancia de que cada uno de los componentes de esta sociedad adquiramos una cuota de compromiso de inculcar en adolescentes y jóvenes valores ensalzadores de las virtudes humanas.

Es nuestro deber hacerles comprender que el dinero fácil se agota con la misma premura con que llega al bolsillo. Que puede comprar muchas cosas, pero no amor, sosiego, paz de espíritu. De la misma manera que no consiguió otorgarle a Catalina el paraíso soñado y su vida se tornó un averno. Así como sentenciara alguien, pobre no es quien tenga poco, sino quien no sabe contentarse con lo poco que tiene. Le asiste entonces razón a Albeiro. Tu pobreza, Cata, está en tu mente.

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