Padrastros: entre resquemores y afectos


By Yudith MADRAZO SOSA and Leyaní DÍAZ HERNÁNDEZ

Cuando la madre de Mayra de los Ángeles Valladares Vilches, trabajadora de la Salud en Cienfuegos, contrajo nupcias por segunda vez la reacción de laentonces niña de nueve años fue el rechazo al nuevo miembro del hogar. Su padre había fallecido quince días antes de que ella naciera. Por tanto, la pequeña suplía la ausencia del progenitor con el cariño de un familiar. “Yo no sabía lo que era tener un papá. Siempre vi a aquel tío como tal”, comenta.

El padrastro no llega para sustituir o a excluir al progenitor, sino para enriquecer al hogar con la presencia de otra figura capaz de brindar afecto, respeto y concordia.

Según rememora, fueron los parientes quienes alimentaron su oposición a la presencia de otro hombre dentro de la casa. “Ellos me alertaban sobre cómo cambiarían las cosas con su llegada; que sería obligada a decirle papá y a quererlo así. Por ese motivo disímiles sensaciones rondaban mi cabeza, me atormentaban”, afirma.

Cual sucedió a esta cienfueguera, la idea de tener un padrastro suscita en muchos hijos temor y resistencia, asentados en los estereotipos negativos con los cuales la tradición ha caracterizado a quienes desempeñan ese papel. Pero ¿debemos asociarlos siempre a imágenes de discordia, rivalidad, incomprensión? ¿No representa su presencia, en la mayoría de los casos, un apoyo para la formación y el sostenimiento de la prole?

Al mirar en retrospectiva, Mayra de los Ángeles se percata de cuán equivocada estaba con relación a la nueva compañía de su mamá y reconoce que ésta no colaboró en el buen manejo de la situación. “Apenas nos hablábamos, aunque él siempre fue respetuoso conmigo. Era un hombre decente y cariñoso, pero yo lo rechazaba así sin más”, declara.

De acuerdo con varios especialistas, aceptar los retoños de la pareja implica para el hombre, junto a los integrantes de la familia, un proceso de gran tensión y sentimientos encontrados.

“La propia palabra padrastro tiene, a mi entender, una connotación peyorativa, implica desprecio. Y yo de pequeño lo sentí en mi relación con ellos. Por eso siempre pensé que si un día me tocaba asumir ese rol, trataría a los niños de mi esposa como a propios.

“Así resulta con los dos con quienes convivo; nunca los he visto como a hijastros, sino como a sangre de mi sangre. De esa misma manera los trata el resto de la familia. Para mi mamá ellos son también sus nietos, además de sobrinos ante mis hermanos”, comenta Luis Armando Ercia Jáuregui, de 40 años.

En la opinión de muchos psicólogos el desempeño del padrastro dentro de la nueva parentela conlleva afecto y autoridad, pero avalado por la mujer. De lo contrario, resulta muy difícil que los chicos lo reconozcan. También sugieren el respaldo del padre biológico, quienes harían menos complicadas las circunstancias si descartaran al esposo de la ex-cónyuge como competencia para él ante sus descendientes.

“Sin embargo, casi siempre se comete el error de pensar que el padre afín debe reemplazar el rol del verdadero, presente o ausente. Este mal entendido en nombre del amor puede generar sufrimiento en los niños, pues ellos siguen queriendo a su progenitor independientemente de cómo se comporte”, asegura la psicóloga Dinka Villarroel.

En su apreciación, los pequeños pueden sentirse desleales con el papá biológico si llegan a querer a esta persona tanto como a él. “Es importante reconocer que los primeros son únicos e insustituibles, y por muy buena relación que tenga la nueva pareja, no debiera cargar con el tremendo peso de superar al verdadero”, precisa.

Una de las principales dificultades para estas familias reside en el reconocimiento de la autoridad. Algunas personas piensan que la pareja no tiene el derecho de poner límites, normas y reprender a los hijos ajenos.

“En ese aspecto las madres tienen una gran responsabilidad. Muchas niegan a su cónyuge la potestad de disciplinar a los muchachos, por no haberlos engendrado. Pero, paradójicamente, cuando éstos cometen un error, el padre verdadero carga sobre aquél las culpas de las deficiencias en su educación”, asegura Luis Armando.

“Constituye obligación de la familia del menor echar por tierra la percepción del padrastro como alguien cruel o un intruso caído del cielo para cambiarte la vida. Conozco casos en los cuales las personas se han integrado con una  armonía tal que uno no nota la diferencia. Pero nadie puede pretender que la integración ocurra de manera instantánea. A veces son necesarios años de entrega y paciencia”, expresa Mayra de los Ángeles.

No obstante, aducen los entendidos, en no pocas ocasiones se da la exigencia de amar, reclamando a los muchachos cariño filial para el esposo de la madre y viceversa. “El intento de funcionar como una familia nuclear intacta complica las cosas, pues lo único demandable radica en el respeto. Esta confusión genera malas relaciones, pues el amor surge con el tiempo, a través de la convivencia cotidiana y en un espacio de plena libertad”, declaran los expertos.

Para Luis Armando hace mucho ese tiempo se cumplió. Se sabe querido y respetado por quienes desde pequeños lo llamaron papá, de manera espontánea y en respuesta a la ternura recibida. Cada día le ofrecen la oportunidad de vivir la amorosa aventura de ser padre. “Yo me he entregado totalmente a los dos; no hay un pedacito de mí que no les haya ofrecido. Dios no me dio descendencia, pero creo no necesitarla; ellos siempre serán mis hijos”, concluye.

La reacomodación familiar, coinciden los entrevistados, debe desarrollarse de forma natural, no forzada. Todos necesitan tener presente que el nuevo miembro no llega para sustituir o a excluir al progenitor, sino para enriquecer al hogar con la presencia de otra figura capaz de brindar afecto, respeto y concordia.

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