Por el derecho a una sonrisa


By Yudith Madrazo Sosa

El mundo se antoja temible y amargo para los más de 500 mil millones de niños que pasan hambre y sed

No le faltó razón a José Martí cuando escribió “los niños son la esperanza del mundo”. Con esas palabras, el Héroe Nacional de Cuba dejaba claro que sin una preocupación constante y real sobre el estado de la infancia, ninguna sociedad puede erigir un porvenir.

Hace 50 años, la Asamblea General de Naciones Unidas adoptó  la Declaración de los Derechos del Niño. Tres décadas después, otro documento ofrecía nuevos aportes a los contenidos en el de 1959. Se establecía así la Convención sobre los Derechos del Niño y se declaraba el 20 de Noviembre como Día Universal de la Infancia.

La Convención constituye el instrumento de derechos humanos mas ampliamente refrendado por las naciones. Establece una exhaustiva gama de disposiciones que abarcan derechos y libertades civiles, el entorno familiar, la salud básica y el bienestar, la educación, la recreación, las actividades culturales y las medidas especiales necesarias para la protección de la población infantil.

También contiene varios principios fundamentales sustentadores de la no discriminación, el interés superior del niño, el derecho a la supervivencia y el desarrollo, además de la opinión del infante.

Aún así, los ideales de un mundo feliz donde se les asegure una existencia en condiciones de paz, con garantías para el acceso a la educación, la salud y la alimentación, están lejos de hacerse realidad para un alto número de pequeños en el orbe.

Bien pueden atestiguarlo los millones de infantes que en el presente viven en zonas de conflicto; esos que aprenden a cargar el fusil antes de a escribir su nombre; o a identificar el sonido espantoso de una bomba antes de la bulliciosa jovialidad de una fiesta infantil.

El mundo se antoja temible y amargo para los más de 500 mil millones de niños que pasan hambre y sed; o para aquellos, también contados por miles, obligados a entregar sus cuerpos y mentes inmaduras a las precariedades de un trabajo desigual; o para los incontables niños y niñas víctimas de la violencia, la explotación y el abuso.

¿Qué saben muchos infantes del África Subsahariana; o de algunas regiones de Asia; o de las poblaciones olvidadas de América Latina sobre una Convención protectora de sus prerrogativas?

Y justo con esa finalidad existe. Para recordar a los adultos que desarrollamos nuestras vidas en condiciones favorables, que todavía abundan rincones del planeta donde el hambre, el analfabetismo, las enfermedades; la exclusión, el desplazamiento, tienen el rostro de un niño.

Erradicar la pobreza; invertir en la infancia, protegerla de la violencia, la guerra, la explotación sexual, el trabajo, la infestación con el VIH /SIDA; preservar el medio ambiente donde se desenvuelven; constituyen imperativos presentes para la humanidad.

Y no han de concebirse como cuestiones exclusivas de un 20 de Noviembre o de cualquier otra fecha destinada a homenajear a la “esperanza del mundo”; constituye responsabilidad de cada día y de cada uno de los habitantes de este planeta.

 

 

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