Las voces de Rosa Amelia


By Yudith Madrazo Sosa

A Rosa Amelia Moya Castellanos no le fue otorgado el sentido de la visión. Aún así, de niña creció sin dificultad y disfrutó como todos sus coetáneos de los juegos y las  peripecias infantiles. Aprendió a leer, a escribir, estudió y, cuando se hizo mayor, contrajo matrimonio, unión de la cual nacieron dos hijos.

Hoy, aquella muchacha que compartía con uno de sus hermanos la condición de invidente, es una señora de más de seis décadas, cuyo peregrinar deviene expresión de cómo la voluntad y la aceptación de sí conforman la personalidad de una mujer ciega para quien no existen miedos, ni senderos intransitables.

UN OBSTÁCULO EN EL CAMINO

Tal disposición de salir adelante, a pesar de las dificultades impuestas por la discapacidad, se puso a prueba cuando hace unos doce años sufrió una pérdida total de la audición. La nueva circunstancia asestó un duro golpe a Rosa Amelia. Acostumbrada a descubrir el mundo a su alrededor asistida también por los oídos, convertirse en sordociega significó para ella afrontar otra condición, a la que impuso su capacidad para asumir incontrolables y repentinos desafíos.

¿Lo primero?, adentrarse en el mundo de las personas aquejadas de la misma dificultad, aprender de ellas. “Traté de adaptarme”, dice y con esas tres palabras nos traslada a los días cuando  se entrenaba en el lenguaje de señas con las manos, utilizando el ya para ella conocido sistema Braille.

“Necesitaba me escribieran las letras en las puntas de los dedos. Uno de mis hijos -la hembra-  ya estaba adiestrada en el Braille; pero el otro tuvo que aprenderlo para poder comunicarse conmigo”, afirma Rosa Amelia.

Un nuevo obstáculo, en cambio, la aguardaba en el camino: ¿cómo establecer el diálogo con sus compañeros de trabajo? Desde hacía dos lustros Rosa Amelia laboraba en el área especial de lectura para ciegos, en la biblioteca municipal de Bejucal, pueblo donde reside.  No resultó difícil lograr que sus compañeros utilizaran el alfabeto Braille y la tinta para hablar con ella. De esa manera retomó las funciones con las cuales se ganaba el sustento y alternaba con la de secretaria de cultura en la sede de la Asociación Nacional del Ciego, de la provincia de La Habana.

Y POR FIN, LA VOZ DE LA ESPERANZA

Cierto mañana, voces de esperanza hablaron a la mente y el corazón de Rosa Amelia: al otro lado del mundo algunos sordos recuperaban la audición por medio del implante cloquear. “¿En qué consiste? ¿Podré yo someterme a la intervención?”, se preguntaba, no sin temor. Por sus características y buena salud, había sido propuesta para la operación.

“Estaba un poco pesimista. Contaba ya con 50 años; sabía se trataba de una intervención quirúrgica complicada y me asustaba quedar con alguna secuela”, argumenta. Pero las investigaciones arrojaron que su oído interno tenía condiciones para someterse al procedimiento. Así, el 21 de octubre de 2000, tras siete meses y siete días ajena a ruidos y silencios, Rosa Amelia volvió a escuchar.

“¿Mi primera reacción?, Llorar, llorar mucho de tanta alegría”, comenta, tiempo después, la primera persona sordociega en recibir el implante cloquear en Cuba.

Sin sospecharlo, Rosa Amelia estrenaba en la Mayor de las Antillas un proceder que beneficia ya a cerca de 30 niños sordociegos. Con ellos, suman más de 200 la cifra de pequeños  receptores de esta novedosa técnica.

Pocos pueden imaginar cuán costosa resulta. Rosa Amelia extrae de su bolsillo esa suerte de computadora. El diminuto aditamento constituye un procesador de sonidos que transmite hacia el oído interno y de ahí al cerebro. “Por eso tengo dificultades para orientarme, pues el aparato no me permite precisar de dónde proviene la resonancia. Las voces graves son las más difíciles de captar”, señala.

No obstante, Rosa Amelia permanece en su trabajo. Le cuesta jubilarse. La vida activa, el constante interactuar social, infunden aliento a esta mujer, la llevan a emprender proyectos. Escribe y en sus textos urde las historias de encuentros y desencuentros entre videntes y ciegos. De eso trata “La única luz”, el libro bajo su firma que publicara la Editorial Unicornio y se presenta este año en la Feria del Libro.

No dice más, ya bastante de su vida develó ante la prensa. La tarde y la noche le depararían nuevas vivencias aquí en Cienfuegos. Luego regresaría a Bejucal, al arrullo de las voces y luces que guían su bregar.

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