Barbarito Diez, un príncipe con voz de oro


By Yudith Madrazo Sosa

Las ruinas del antiguo ingenio de San Rafael de Jorrín, en Bolondrón,

Barbarito Diez, considerado el Príncipe y La voz de Oro del Danzón

Matanzas, aún deben guardar el eco del llanto primero de un hombre nacido con una voz excepcional, el 4 de diciembre de 1909. Quizás Salustiana del Junco y de la Mercedes, su progenitora, pudo advertir en los balbuceos del niño el talento que le permitiera interpretar como pocos un género musical cubano por excelencia, y lo convirtiera con el decursar del tiempo en “El Príncipe del Danzón”.

Contaba cuatro años de edad cuando la familia se trasladó a Manatí, en la actual provincia de Las Tunas, donde su padre, Eugenio Diez, trabajaba como obrero de un central. La escuelita del Batey devino escenario de sus estudios iniciales y también de su primera incursión en el canto. Su maestra descubrió la voz y el don musical de Barbarito, y le permitía guiar el coro de la escuela en los actos públicos.

También se le escuchaba cantar en la casa todo el día, mientras crecía su afición por las obras de Miguel Matamoros. Durante las horas del baño moldeaba su voz, la cual se perfeccionaba con el paso del tiempo. Por aquel entonces, al oírlo algún vecino corría la voz: “el negrito de Salú está cantando”. Entonces un numeroso grupo de personas se acercaban a deleitarse con su tonada.

Como sucedió a otros de su condición, de joven Barbarito se vio impelido a ayudar a su familia. Quiso ser sastre, pero a su padre no le agradó. Cuando éste murió, con sólo 15 años, comenzó a trabajar en el taller de maquinado del central y llegó a desempeñarse como mecánico en los períodos de zafra.

Mientras, en reuniones familiares o entre amigos, entonaba serenatas, y esto agrandaba su reconocimiento.

Por esa época llegó a Manatí el guitarrista manzanillero Carlos Benedelli,  de reconocida autoridad en el ámbito musical y la primera persona en confirmar la calidad vocal de Barbarito, lo cual imprimió ánimos al joven. Gracias a él, se produjo su debut como cantante, en una actividad organizada por Benedelli en el teatro local. “Allí, con el pueblo de Manatí delante, temblé y sentí miedo, pero canté y la reacción del pueblo fue la mejor, y yo me sentí felíz”,  rememoraría Barbarito tiempo después.

Pero, cual todo muchacho criado en un pequeño poblado del interior y con talento artístico, Barbarito tenía un sueño: conocer la capital, sus encantos y, sobre todo, su vida cultural. Al culminar la zafra de 1928 realizó el primer viaje a La Habana, mas regresó para trabajar en la de 1929. Un año después, decidió radicarse definitivamente en La Habana.

Cuando arribó a la urbe, el 11 de Mayo de 1930, no tenía ningún trabajo asegurado, pero mantenía el anhelo de abrirse paso en aquella ciudad que lo había deslumbrado desde la primera visita.

Pronto comenzó a recorrer los lugares donde ensayaban los sextetos, agrupaciones de moda entonces. Alberto Rivera, un amigo que había conocido en su primer viaje, lo llevó al local del Sexteto Matancero, de Graciano Gómez, y lo presentó como cantante. Acompañado por la agrupación, entonó el bolero Olvido, de Miguel Matamoros. “La voz de aquel joven no necesitaba de micrófono, cantó así como siempre lo hemos visto, sin apenas moverse. Al día siguiente lo convencí de que se quedara en el trío, a esta invitación Barbarito respondió: ‘Yo no sé tocar las claves, ni maracas, ni mucho menos guitarra’. Pero a mí lo que me interesaba era un cantante y por casualidad, ese día, encontré al mejor”, comentó Graciano sobre aquél encuentro.

Barbarito aceptó la propuesta de Graciano y aunque tenía la intención de volver a su trabajo en el central para fines de año, el director de la agrupación, junto a Isaac Oviedo, lo convencieron de quedarse. El grupo cambiaba de formato de acuerdo con la demanda del momento. Barbarito, voz prima, cantaba en cualquiera de ellos, si bien el trío tuvo mayor repercusión. Como integrante de él se estrenó, con sólo 21 años, en calidad de profesional, interpretando sones, boleros, guarachas y pregones.

Durante sus actuaciones en el Café Vista Alegre, conoció a significativas figuras de la música cubana: Antonio María Romeu, Eduardo Robreño, Sindo Garay, Gonzalo Roig, entre otros. Su excelente voz y medida musical i presionó a Romeo, quien le dio cabida en su orquesta, de la cual pasó a ser el vocalista principal. Aún así, no rompió sus vínculos con las agrupaciones y eso le permitió ser acompañado por prestigiosos conjuntos de la época.

Así, iniciaba Barbarito una carrera que lo llevó por toda Cuba y gran parte de Latinoamérica, donde encantaba a personas de todas las edades con obras de Ernesto Lecuona, Moisés Simmons, Eliseo Grenet, Pedro Flores, Rafael Hernández y otros destacados compositores al compás de guitarras, pianos y tambores. En sus interpretaciones, Barbarito desplegó virtuosismo y encanto singular, de manera especial por su porte erguido y elegante.

Desarrolló una carrera de cerca de seis décadas, durante la cual grabó gran número de discos de larga duración, donde incluía obras enriquecedoras del repertorio musical cubano.

Viajó a varias naciones de América Latina, Europa y también a los Estados Unidos. Además, realizó programas en cabarets, teatros, radio y Televisión. Por su aporte al desarrollo del arte nacional y su fecunda labor en virtud del enriquecimiento cultural de Cuba recibió medallas, ordenes y distinciones.

Cual sucede con no pocos artistas de renombre, Barbarito jamás aprendió los fundamentos teóricos de la música. Sin embrago, de acuerdo con la crítica,  demostró ser uno de los más afinados e invariables intérpretes del Danzón. Su voz única e irrepetible le granjeó el título de “La Voz de Oro del Danzón”, o “El Príncipe del Danzón”.

Sin proponérselo, Barbarito Diez hilvanó una leyenda dentro de la música cubana que trascendió fronteras, mientras imprimió alientos mesurados y originales a la forma danzaria y cantable de este género, reconocido como el baile nacional de la Mayor de las Antillas.

Al “Príncipe del Danzón” pertenece buena parte de la amplia discografía del acerbo musical cubano. Pudo ampliarla en Venezuela donde descolló como uno de los cantantes más populares de la década del 80 tras grabar con la agrupación de cuerdas La Rondalla Venezolana, dirigida por Luis Arismendi.

Los músicos venezolanos Alfredo Sadel y Simón Díaz, lo definieron como una de las grandes voces de América Latina, quien “entregaba en cada interpretación, por encima de todos sus logros formales, una atmósfera auténtica, sangre de su vida”.

Después de recibir la jubilación, continuó cantando y sólo por problemas de salud se apartó del escenario. El 6 de Mayo de 1995, marcó el ocaso de su existencia. Al fallecer, contaba con las distinciones por la Cultura Nacional y Raúl Gómez García; además de la medalla Alejo Carpentier y la Orden Félix Varela de Primer Grado, junto a otros galardones, reconocimientos y trofeos.

Cuentan quienes intimaron con él que era sencillo, modesto, de una marcada naturalidad. Por todo eso, el amor y la gratitud de generaciones de cubanos lo vivifican hoy, en tanto sienten aún sus oídos La Voz de Oro del Danzón.

 

 

 

 

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