Padres… ¿hay muchos?


By Yudith Madrazo Sosa

“Padres hay muchos; madre, una sola”. La primera vez que escuché la frase,

Tan necesarios como las madres, los padres –los genuinos- tampoco son sustituibles

mis escasos años me impedían entender su total connotación. Cuando con el tiempo vivido fue ensanchándose también mi capacidad de discernimiento, comprendí que el significado de la expresión no aludía al don natural dado a los hombres, sino a sus fallos en el rol de progenitor.
Tales palabras sublimizan el papel de la madre en menoscabo de la figura paterna. Y, sin embargo, experiencias personales y estudios psico-sociales demuestran que “padre” no es cualquiera.
Nadie coloca en tela de juicio el amor inconmensurable de las mamás; su consagración a la prole; su incondicionalidad. Ellas no tienen sustitutas, coinciden todos. ¿Y los papás? ¿Puede cualquiera ser considerado tal? ¿Acaso es posible prescindir de su presencia?
Según varios especialistas, la guía de tales figuras resulta vital para el desarrollo de los niños, necesitados de ambos progenitores durante su etapa de formación. Sean E. Brotherson y Joseph M. White, autores del libro La importancia de los padres y su implicación con los hijos, acentúan el impacto positivo de éstos en la vida de los niños, quienes al contar con su compañía registran menos problemas de comportamiento, obtienen mejores resultados académicos y se desenvuelven en una situación económica más favorable.
Con el decursar de los años, la cuestión de la paternidad ha despertado un creciente interés no sólo de académicos, sino también de actores sociales, líderes políticos y comunitarios. Tanta atención ofrece un cúmulo de investigaciones impresionantes por su amplitud y profundidad. ¿Y qué aprendemos de todo ello? Constatamos la certeza de que su desenvolvimiento amoroso y comprometido favorece el crecimiento de los hijos, la estabilidad de las familias y el bienestar de las comunidades.
De acuerdo con ciertas indagaciones, cuando los progenitores se involucran más profundamente con su prole, éstos experimentan menos ansiedad, se relacionan mejor con sus compañeros y muestran una mayor responsabilidad.
“Más allá del escrutinio en la vida familiar, una evidencia irrefutable del amor paternal puede verse en los ojos de un niño. Observe a un pequeño interactuar con su papá cuando éste es cariñoso e involucrado. Se percatará de la calidez y la sonrisa en su rostro”, afirman Brotherson y White en su libro.
John Snarey, quien analizó la contribución de los padres a la vida de sus descendientes durante cuatro décadas, resumió así su vasta información: “La buena paternidad, según parece, realmente importa. Importa por largo tiempo, por toda una vida, e incluso por generaciones”.
Otros enfocan su mirada en la transición de los hombres hacia la paternidad. Estos pueden convertirse en progenitores en el sentido biológico -observan- pero no siempre realizan los ajustes psicológicos y de comportamiento necesarios para asimilar ese papel.
“Ser papá implica una responsabilidad diferente a la de ser marido, y requiere un compromiso adicional. Es como una asignatura que no se aprende de la noche a la mañana. Puedes desaprobar el primer examen y rendirte, pero si te acompañan el amor y el sentido de compromiso siempre seguirás adelante”, comenta Eliécer Segura Medina.
“A menudo se dice:”padre es cualquiera”, porque ven en esa figura solamente al proveedor o a quien tiene la misión de sustentar a sus descendientes. Pero el verdadero es aquél que además de apoyarte económicamente te acompaña en la vida, te guía, te sirve de sostén en los momentos difíciles, se preocupa por tus asuntos…Debido al divorcio y otros factores, muchos fallan en alcanzar ese ideal”, aduce José Manuel García Ercia, papá de dos niñas.
“Definir el amor paterno no es fácil. Una forma de intentarlo es demostrar la manera en que él está presente en la vida de un hijo, ayudándole en las necesidades físicas, emocionales, sociales y espirituales. El compartir tiempo, actividades y conversación significa un apoyo constante que los niños guardarán para toda la vida”, apuntan los sociólogos Shawn Christianson y Jeffrey Stueve.
Diversas fuentes de investigación sobre la vida familiar arrojan que cuanta más conexión sienta un niño con quien lo engendró, más posibilidades tendrá de confiar en los demás y gozar de relaciones estables con sus compañeros y adultos fuera del hogar. Una relación familiar estrecha resulta también más eficaz para proteger de problemas como la depresión, el suicidio, la actividad sexual precoz y el uso de drogas.
“Resulta difícil definir el papel de padre. El tránsito hacia ese rol parte de la aceptación por el hombre de una nueva condición. La verdadera no se limita a compartir los genes, sino se extiende al cuidado, a la guía de la prole en su camino por la vida. Puedes llegar a tener 20 hijos, pero si no les das cariño, ni siquiera debes considerarte tal”, declara Juan Carlos Dorado.
Las citas anteriores dan fe del consenso general en torno a la importancia de los progenitores en el desarrollo psicológico equilibrado de los hijos. Sin embargo, en la sociedad actual se aprecia una tendencia a la devaluación de la función paterna, la cual permite a no pocas mujeres pensar y aceptar que la procreación les concierne solamente a ellas. Tales concepciones perjudican a los varones en su desempeño como padres dignos y conduce a la desmembración del hogar.
Si concordamos en que las sociedades sólidas se construyen sobre la base de familias sólidas, ¿por qué menoscabar la imagen del padre cuándo sin él resulta imposible edificar la parentela?
Padres hay muchos, es cierto. Mas debemos desterrar los carices peyorativos encerrados en la idea de que puede ser “cualquiera”, alusivas más bien a los desaciertos en su desempeño que a la posibilidad biológica. Se necesita coraje para asumir esa misión, a un tiempo gratificante y atemorizante. Requiere mucho más que amor y paciencia; significa un compromiso y un estilo de comportamiento vitalicios. Tan necesarios como las madres, los padres –los genuinos- tampoco son sustituibles.

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