Cuando la violencia está hecha de palabras


By Yudith Madrazo Sosa

Con mayor frecuencia de lo visible, escuchamos a personas de diferentes edades y sexos proferir palabras soeces, agresivas, cargadas de descortesía e irrespeto. Algunos sienten irritarse sus oídos al oírlas. Otros, en cambio, la reciben con la mayor naturalidad.

“¡Tú estás equivocado!”, ”No sirves para nada”, “Lo que hiciste fue una basura”, entre otras expresiones -muchas en verdad- constituyen una manifestación de la llamada violencia verbal, esa que sin necesidad de puños, armas blancas o bofetones, resulta igual de hiriente y nociva.

Casi nadie en la actualidad escapa a esta forma de agresión. Porque aun sin percatarnos de su gravedad nos acostumbramos a ella y la incorporamos al lenguaje cotidiano en el trato con nuestros semejantes, bien en el seno familiar, la escuela, el trabajo o en otro contexto social.

El idioma Castellano, pletórico en recursos expresivos y medios estilísticos, es también hospedero de las más disímiles formas de la chabacanería, la procacidad, de un modo que no pasa inadvertido por lingüistas, sociólogos y otras personalidades de la cultura hispana.

A diferencia del físico, el maltrato oral es mucho más imperceptible pero enormemente perjudicial. Comentarios degradantes, insultos, observaciones humillantes sobre la falta de atracción física, la inferioridad, la incompetencia, clasifican dentro de este tipo de agresión. Lo peor es que, según los especialistas, la gravedad del asunto radica en la periodicidad con que emitimos o recibimos tales descalificaciones.

Estudios científicos revelan que la víctima comienza a interiorizar la crítica y termina por aprobar la rudeza considerándola un castigo por sus faltas. “La violencia nos arropa en una epidemia que no discrimina ni por sexo, edad o clase social. Es nuestra sociedad una excesivamente agresiva e intolerante.

El que piense u opine diferente a mí es una persona casi malvada. Con frecuencia se pasa por alto el detalle de que las raíces del maltrato físico, directo y abierto se originan mayormente en la hostilidad de la comunicación oral, escrita y la no-verbal”, opina una destacada psicóloga.

La manera en que hablamos, no lo dude, puede provocar emociones y reacciones intensas. Cuando agredimos a alguien de forma verbal, elegimos palabras, entonación y volumen de voz para tratar de dominar a esta persona y, hasta sin quererlo en ocasiones, provocamos en ella sentimientos de impotencia, humillación, rabia, vergüenza e incluso vejación.

Lo más preocupante es que en muchos casos no sólo somos víctimas sino también victimarios. Y las personas más perjudicadas son precisamente quienes más queremos o con quienes pasamos mayor tiempo: padres, parejas, hijos, compañeros de trabajo o estudio.

Frases como: “Eres una inútil”; “Te lo advertí”; “No se te puede confiar nada”, acompañadas de entonación y gestos descorteses, pueden convertirse en armas letales o en una bomba de tiempo que estallará en lo más profundo de nuestra autoestima. Porque lo que realmente lastima no es tanto lo dicho, sino la forma en que se dijo.

“De pequeño escuchaba a mis padres decir: ‘de este niño no sacaremos nada’. Se la pasaban comparándome con mi hermano mayor y dudando de mi capacidad para encaminarme en la vida. Sólo después de adulto, me di cuenta que aquella actitud me predispuso a seguir adelante con mis proyectos”, comenta Ernesto Diego, un cienfueguero de 40 años.

Casos como ese abundan. Y se da en cualquier contexto: el hogar, el aula, el colectivo laboral, donde el simple hecho de comunicarnos –una imperiosa necesidad del género humano- puede convertirse en un semillero de desavenencia, ruptura y agravios.

Tal como aclara la psicóloga antes citada, las palabras transmiten información, pero el modo en que las emitimos, trasluce lo que en verdad sentimos y pensamos.

Por eso, sería más saludable para todos si a la hora de conversar o expresar una idea, tratáramos de escoger vocablos y frases amables, corteses, cordiales, aunque estemos en desacuerdo con el dialogante o sea menester informarle una decisión desagradable. Sólo así estaremos encaminándonos a desterrar de nuestras vidas esa tendencia perniciosa, la cual nos revela que la violencia también está hecha de palabras.

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