Flora y Leopoldo buscan su sitio


By Yudith Madrazo Sosa

Desamparados, ultrajados, carentes del afecto y la comprensión de la nieta, se  sienten Flora y Leopoldo, la simpática pareja nonagenaria de la telenovela brasileña Mujeres Apasionadas, exhibida en Cuba hace algunos años.

Abordado desde la perspectiva de la crisis intergeneracional entre los ancianos y su nieta, Doris: una joven arrogante, frívola y ambiciosa, la trama de los abuelos toca –como sin querer- un problema de la contemporaneidad que traspasa los lindes del mero e inevitable conflicto entre personas de distintas generaciones.

Se trata del espacio y la jerarquía en la escala de afectos que la sociedad y la familia reserva a las personas de la tercera edad. Lo que acontece a estos amantes longevos no es un caso ajeno ni aislado, mucho menos producto de la imaginación del guionista. Constituye un problema que afecta a muchos de quienes alisan cabellos grises en la actualidad.

Reconocer su derecho a una ancianidad satisfactoria, que propicie el uso de sus habilidades y la experiencia acumulada, fomente su participación activa y creadora dentro del hogar, con las limitaciones propias del largo peregrinaje por la existencia, constituyen aspiraciones de cuantos procuran el bienestar de este grupo etáreo.

Preocupación constante ha de ser, por cuanto la humanidad asiste en el presente a un envejecimiento irrefrenable de su población. Según datos de Naciones Unidas, en la actualidad el número de personas mayores de 60 años es dos veces superior al de 1980, mientras en 2050 habrá casi 395 millones de personas de 80 años, es decir cuatro veces más que ahora.

Por tanto, emprender acciones que redunden en el bienestar físico, intelectual y emocional de estos individuos entraña un desafío para las sociedades con alto índice de senectud.

Cuba es uno de los países que enfrentan este reto. De acuerdo con estudios realizados, tendrá una de las poblaciones más envejecidas del continente para el 2020 y la provincia de Cienfuegos está entre las primeras de la isla con esa característica.

Es un hecho. La longevidad representa un logro de nuestro tiempo. Nacen menos niños cada vez, al tiempo que se alarga la esperanza de vida. Pero, ¿estamos preparados para vivir en un mundo donde primen las personas de avanzada edad? Tal es el gran reto que se impone hoy ante las naciones: asegurar al adulto mayor una ancianidad satisfactoria, descontaminada de estereotipos que lo limitan o los considera un ser inútil o un estorbo para la sociedad.

Hacer realidad este difícil empeño, que incluye asuntos concernientes a la seguridad social, la disponibilidad de escenarios donde convivir y la mejoría de la atención geriátrica y gerontológica, asigna una prioridad en la que deben involucrarse no sólo los gobiernos y las instituciones, sino la comunidad y la familia en cuyo entorno desarrollan su existencia los Leopoldos y Floras que pueblan el orbe.

Paciencia, amor, afecto, apoyo, compasión, reconocimiento de sus oportunidades, son los ingredientes que aderezan la existencia plena de las personas de edad, los que permiten a los más jóvenes pasar por alto sus desvaríos, el fallo de la memoria, la torpeza en el gesto. No surgen, en la mayoría de los casos, de la espontaneidad. Como para tantas otras conductas humanas, son necesarios el entrenamiento y la respuesta de agradecimiento y amor debida a esos que alguna vez nos mimaron y desvelaron por nuestras dolencias y necesidades y luego, en el ocaso de sus días, sólo demandan –callada y resignadamente- aquello que en ocasiones tanto cuesta dar: cariño, tiempo, tolerancia y espacio.

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