Memorias de Mama Inés


By Yudith Madrazo Sosa

Hoy mi abuela Inés cumpliría 100 años. De haber estado todavía en este mundo de seguro le habría hecho un regalo tierno, mientras ella, si aún tuviera lucidez y fuerzas para conversar, me haría cómplice otra vez de sus recuerdos más lejanos. En un día así, sus doce hijos se reunirían con ella, como tantas veces, la atestarían de obsequios y los siete varones quizás le mortificarían el oído con su interminable discusión sobre la serie de béisbol.

Pero mi abuela, Mama, nunca será una mujer centenaria. Su agotado corazón dejó de latir el último lunes de enero de 1989, cuando  faltaban tres meses para alcanzar los 77. Fue una mujer común -hija de un veterano negro mambí y una hermosa mestiza- guajira, sin más arte ni sapiencia que la de haber interpretado con satisfacción sus roles de hija, esposa, madre, hermana, tía, abuela, compañera, amiga. Y se me antoja que también ella merece un homenaje en ocasión del centenario de su natalicio.

Su voz, su cara, su cuerpo mediano y delgado, la mezcla de razas -tan usual en estas latitudes- que cargaba en su fisonomía, agitan con frecuencia los estantes repletos de mi memoria.

Hoy regreso en el tiempo y la veo mecerse en un sillón entretanto de sus labios emana la siempre bien acogida por mí historia triste de su niñez, de cuando quedó huérfana de madre a los nueve años y durante algún tiempo estuvo al amparo de un hermano que muchas veces la maltrató. Desde entonces “cosía, lavaba, planchaba” la niña Inés quien al dar paso a la joven hubo de huir de los asedios de un hombre de apetito voraz por el sexo opuesto hasta encontrar a su Mozo, con quien compartió sus días para dicha de la prole que formaron. Cuenta..cuenta..cuenta y yo, niña curiosa, la escucho mientras aliso sus cabellos rizos, negros con hebras de plata.

En esas ocasiones dichosas no solo me narraba su novela personal sino además otros cuentos salidos de mil y una noches de lecturas a la luz de un farol, donde entremezclaba las clásicas peripecias de princesas árabes o rusas con las de otras muy criollas salidas de su imaginación. De ella adquirí el amor por la literatura y la inclinación a hilvanar palabras y hechos hasta construir una historia.

Jamás pudo concluir la instrucción primaria. Su caligrafía resaltaba por las letras enormes y mal formadas, pero Mama constituía un ejemplo de que la pobreza no tiene porqué habitar en el vocabulario y de que la buena educación no entiende de estratos sociales ni poder adquisitivo.

Recuerdo con nitidez algunos de sus consejos: “debes estudiar mucho para llegar a ser alguien”, “recorta tus uñas, largas sólo traen microbios”, “en las palabras de ciertas personas no debes creer”….y me entristezco al pensar en los abrazos que dejé de darle, en las veces cuando fallé en decirle cuánto la quería, en los instantes de incomprensiones mutuas.

De haber estado aquí este 20 de abril sus hijos, nietos, biznietos, tataranietos hubieran replicado las celebraciones de antaño. El muy cubano cerdo asado, a cuyas delicias había renunciado hacía tiempo por desórdenes de salud, estaría allí aunque para ella se prepara otro plato. Mama nos habría agasajado con los dulces almibarados que sólo ella sabía y disponía de tiempo para hacer. O quizás no, quizás habría preferido para celebrar un largo viaje, de esos a los que creo tenía adicción.

Fue en uno de sus viajes cuando nos dijo adiós, a la hora en que el sol nos alumbra desde más alto. Partió a la eternidad, pero regresa cada vez que la reaviva el pensamiento de quienes la amaron. Hoy cumpliría cien años y no tengo para ella más fiesta que homenajearla en el humilde rincón de mis sentimientos más genuinos.

4 thoughts on “Memorias de Mama Inés

  1. Hola yudith, no puedo expresar mucho con palabras lo que senti al leerlo solo te dire que lagrimas de recuerdo y nostalgia asomaron, wao amiga no sabia esta faceta tuya , felicidades y mucho exito y apoyo lo que dicen Sandra , Juana y Ledi, no dejes de escribir.

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