Renée Méndez Capote: expresión de cubanía y sencillez


By Yudith Madrazo Sosa

“Yo estoy decidida a vivir. Después hay mucho tiempo para descansar”. Con tales palabras, Renée Méndez Capote acentuaba la fecundidad y el constante bregar que caracterizó su larga existencia, cuyo ocaso tuvo lugar el 14 de mayo de 1989.

Nacida en los albores de la pasada centuria en el seno de una familia acomodada, aquella niña devendría genuina expresión de cubanía y sencillez entre los habitantes de la Mayor de las Antillas.

Hija de un matrimonio de la alta burguesía, Renée, Renecita o Renata -como la llamaban su allegados- pudo alimentar, desde temprana edad, los ideales de justicia social, alentada por su padre, un descendiente de campesinos canarios emigrados a Güira de Melena y luego establecido en el poblado de Lagunilla, en Cárdenas, quien incentivaba en su prole las diferentes tendencias revolucionarias y les otorgaba libertad para expresar sus propias ideas.

Conversadora y alegre, desde pequeña dio muestras de inclinación hacia la literatura, afición favorecida por el interés de su familia en las manifestaciones del arte. Estudió música y baile español, al tiempo que practicó la natación, el remo, la equitación y el tennis. El novel de sus artículos publicados, “El primer baile”, apareció en abril de 1917 en la revista de antiguos alumnos del colegio La Salle. También bajo su rúbrica aparecieron obras entre las que destacan Oratoria cubana, Apuntes, Relatos Históricos y Fortaleza de la Ciudad de La Habana.

Otro libro suyo, Hace muchos años una joven viajera, recoge las memorias de su recorrido por Europa y América, el cual le propició conocer a diversas personalidades y vivir momentos dramáticos como las horas pasadas a bordo del vapor Morro Castle, envuelto en llamas y a punto de desaparecer en el mar, tragedia de cuya autoría se le acusó injustamente.

Pero quizás la pieza acariciada con mayor vehemencia por la escritora fue Memorias de una cubanita que nació con el siglo. El libro, escrito sin pretensiones críticas ni analíticas, tal cual ella misma expresara alguna vez, se limitó a recoger los recuerdos de una pequeña con sus vivencias propias, al calor de su familia y su época. Al decir de la escritora, este volumen poseía la espontaneidad de una niña gorda, alegre y rebelde.

Publicado en 1963 por la Universidad Central de Las Villas, Memorias de una cubanita que nació con el siglo, inició la tradición de libros de remembranzas, pletóricos de anécdotas, sucesos y descripciones de ambientes y personajes retratados con agudeza, humorismo y la fina ironía de una prosa colorida, amena, capaz de atrapar al lector.

Haber nacido en cuna de oro, no impidió a Renée Méndez Capote situarse al lado de los más pobres y despojarse de las frivolidades de la clase burguesa. “Porque supo a tiempo dar ese salto- casi mortal- se salvó de la hoguera en que gran parte de su generación se hizo cenizas”, expresó al respecto el poeta y narrador Miguel Barnet.

Pues esta cubana relevante portaba en sus genes el patriotismo, la rebeldía y el amor por la cultura.  Su padre, Domingo Méndez Capote, alcanzó el grado de general  de brigada y fue licenciado en Derecho Administrativo, doctor en Derecho Civil y Canónico, además de profesor de esas materias en la Universidad de La Habana desde 1890 hasta 1895, cuando partió a la gesta independentista.

Durante la guerra presidió la Asamblea Constituyente de La Yaya y fue vicepresidente de la República en Armas. Finalizada la misma, estuvo a la cabeza de la Convención Constituyente de 1901 y en la vicepresidencia de la República. También presidió el Senado bajo el gobierno de Tomás Estrada Palma.

Versátil y emprendedora, Renée Méndez Capote imprimió talento y pasión a todo cuanto hizo, y no fue poco. Antes del triunfo de la Revolución dirigió la secretaría de Bellas Artes, ocupó diferentes cargos en el Ministerio de Educación, fue autora radial de la emisora CMZ, tomó parte en la lucha clandestina contra el tirano Fulgencio Batista, y sacó a la luz un sinnúmero de trabajos en las diferentes publicaciones de la época.

Después de enero de 1959, laboró en centros tan importantes y disímiles como la Biblioteca Nacional y la Editora Nacional de Cuba, específicamente la Editora Juvenil. Fue jurado de los concursos La Edad de Oro y UNEAC en diferentes géneros. Viajó por Estados Unidos, México, Francia, España, Suiza, Holanda, Bélgica, Alemania, Austria, Hungría y la antigua Unión Soviética. Colaboró como escritora y periodista en Bohemia, Mujeres, Verde Olivo, entre otros medios de prensa.

Tal denuedo en su labor literaria y el compromiso entrañable con la Revolución fueron galardonados al otorgársele por el Consejo de Estado las distinciones por la Cultura Nacional y la Alejo Carpentier; la orden Félix Varela; la José Joaquín Palma, por ser colaboradora de la Prensa; así como la Réplica del Machete de Máximo Gómez.

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