Ponte linda pa’ la foto


Un fenómeno amenaza, cual plaga devastadora, con entronarse en el universo audiovisual de estos tiempos: la visión estereotipada de la imagen femenina en la música.

Discotecas, playas, salones de juego, una calle de barrio, no importa la locación. Allí lo veremos a él, con apariencia saludable, vigorosa, ataviado según los últimos designios de la moda, adornado con cadenas y anillos de oro o cualquier otro accesorio llamativo. Lo acompañará ella, bien acostada sobre una cama, bien de pie, siempre leal a su rol de seductora, sin más meta que la satisfacción de los deseos de él. Acaricia su cabello, su rostro, mientras camina de manera atrevida sobre los zapatos, casi siempre de tacón alto, o baila para ser observada y ¿por qué no? “consumida”.

Tal escena pulula en los videos clips de género bailable, como clara manifestación de un fenómeno ante cuya insistencia pulsan el botón de alarma no pocos en el país, mientras otros muchos -cual bocado ligero, concebido más para satisfacer el apetito al instante que para alimentar- digieren con preocupante pasividad. ¿Constituye esa la realidad de las mujeres cubanas o latinoamericanas en general? ¿Acaso nos reducimos sólo a ser objetos de placer?, preguntamos atónitas algunas.

Lo sabemos: la música compone un lenguaje capaz de transmitir sentimientos de manera eficaz y rápida. No necesita grandes espacios de tiempo ni un contacto prolongado para inducir en los oyentes alegría, tristeza, furia, desesperación, osadía u otros sentimientos. Dada su enorme facultad para influir en los estados de ánimo, los pensamientos y la ideología de las personas, deviene medio con los más diversos fines.

En escasos minutos, y gracias a la urdimbre de imágenes y sonidos, la mayoría de los videos clips difundidos hoy construyen un mundo donde refuerzan concepciones machistas, las cuales otorgan al hombre el ejercicio del poder en tanto la mujer sigue relegada –como en las letras de las canciones- a su papel de amante, seductora, huérfana de aspiraciones de realización personal que trasciendan la mera función de muñeca diseñada para el placer.

Gran parte de estos productos comunicativos muestran a muchachas delgadas y hermosas. Sus cuerpos aparecen fragmentados, ora las piernas, ora las caderas, ora el trasero, siempre en movimientos y pose cargados de erotismo, leales a la intención de acentuar el preconcebido carácter de objeto sexual al que las circunscriben los realizadores.

“Mami, ponte linda pa’ la foto”, esgrime uno de los temas de Baby Lores, connotado exponente del reggaeton cubano. Al parecer, fórmulas tales catalizan el éxito, al difundir la imagen de una persona que sólo puede alcanzar relieve si es bella, encantadora, complaciente…

Sin embargo, más allá de la impecable apariencia física exigida a este modelo de mujer, ni las letras ni los videos clips de marras aluden a otras cualidades. No existe en su reducido cosmos espacio para la dama inteligente, la madre ejemplar, la trabajadora consagrada. Las situaciones y conflictos que transmiten jamás trascienden el ámbito de la relación de pareja, vista casi solo desde el plano sexual. ¿Dónde está la referencia a los problemas de la convivencia, la crianza de los hijos, los avatares del día a día?

En sentido general, las canciones del reggaeton y los audiovisuales que las promocionan exponen estereotipos arraigados en la conciencia colectiva de nuestra sociedad con la finalidad de crear una imagen capaz de acaparar mayor atención, mejor audiencia y, por tanto, mejor venta.

Así irrigarán la mente de no pocos hombres y mujeres, sobre todo jóvenes, con el deseo de pertenecer o compartir por unos instantes el mundo irreal donde habitan esas figuras triunfadoras, la mujer bella, sensual, desenfadada, segura de poder exhibir sin temor sus atributos y el hombre viril, exitoso, que se hace acompañar por ella, la controla, la mantiene.

Pero la denigración a la imagen femenina no solo se palpa en los videos clips, más bien estos refuerzan los pensamientos plasmados desde las letras. Términos como “locas”, “perra”, “descará’” o frases de la talla de “ella no se mide cuando bailando se exhibe”, “pégale duro pa’ que sienta la presión…”, entre otras pululan en demostración de franco irrespeto.

Tal proliferación de apelativos y representaciones estereotipadas de la mujer, cargadas de menoscabo no debe verse como cuestión de moda o inherente a una determinada corriente musical. No olvidemos que al generar distintas  sensaciones, la sincronía de música e imagen fija y generaliza en la memoria del espectador tales mensajes. ¿A dónde va la sociedad que permanece pasiva ante dichas tendencias?

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