Bajo el encanto de la ficción (+ Vídeo)


Escena de la telenovela cubana Bajo el mismo Sol

Según dicen, nada resulta   más interesante al ser humano que los detalles de la vida de otro. Quizás lo sabían los pioneros del género y por ello apostaron a utilizar dicha máxima como clave del éxito cuando decidieron colocar a las telenovelas en el pináculo de los productos de entretenimiento.

Transcurridas varias décadas luego de la primera aparición en la pequeña pantalla latinoamericana, y con la proliferación de otras propuestas, muchos firmaron la sentencia de muerte de los culebrones. Sin embargo, para consternación de los detractores y alegría de los seguidores, las telenovelas parecen dotadas a de un cariz sempiterno. Se renuevan, adquieren diferentes matices, apelan a métodos inusitados, sin renunciar a las fórmulas que llevan a miles de adeptos a sucumbir bajos los encantos de su universo de ficción.

Algunos críticos, entre ellos incluso guionistas, las consideran un seudogénero, concebido solo para la llamada cultura de masas. No faltan los verdugos para los cuales dichos productos audiovisuales jamás pasan de ser un peligroso entretenimiento, capaz de inducir a los televidentes a imitar actitudes y formas negativas de proceder de los personajes o paralizar las jornadas laborales (recordemos lo acontecido en Cuba durante la transmisión de Aguas Mansas o Nano en horario vespertino).

No pocos se cuestionan las razones que conducen a un grupo heterogéneo  de espectadores: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, intelectuales y obreros, amas de casa y estudiantes, a seguir noche tras noche (o a cualquier hora del día gracias a los reproductores de DVD), las historias  de muchachas pobres y bellas amadas por mozos ricos; hijos que descubren en su adultez que no han sido criados por sus verdaderos padres; mujeres abandonadas o engañadas, por solo citar algunas tramas. “Porque nos gusta llorar”, aflora entre las respuestas.

En la opinión de numerosas personas, constituyen un mecanismo eficaz para evadirse del mundo real, transportare a coordenadas espacio-temporales donde afloran sentimientos encontrados, pasión, amor, envidia, celos, pugnas por el poder o el dinero, homicidios, toda suerte de intrigas, sin llegar a involucrarse, pero extrayendo de ellas mensajes y lecciones que algunos quieren hacer suyas.

“Las telenovelas nos ayudan a olvidar nuestros propios problemas y a soñar con tener una vida diferente. Por eso no me agradan mucho cuando presentan los lados oscuros de nuestra sociedad, prefiero aquellas donde aparecen casas suntuosas, hermosos vestidos, carros modernos….”, aduce una cienfueguera amante de los culebrones.

De acuerdo con el escritor e investigador Reynaldo González, “la gente no llora por el drama de los personajes, el público llora por su propia vida. En cuanto ven alguna similitud con su vida real se echan a llorar y así se desahogan de sus propios problemas a través de la historias de la televisión. Si todo el mundo viese una telenovela, no tendrían que existir los psiquiatras”.

A las voces de los salvaguardas, el autor peruano Santiago Roncagliolo añade la aseveración de que “las telenovelas se han convertido en el mejor retrato cultural de un país, al reflejar sus costumbres, sus formas de hablar e incluso la situación política y social de cada país”. A su modo de ver no constituyen meras historias lacrimógenas para después de comer. Tal vez por ello, lejos de morir, adquieran aliento con cada minuto.

Prueba de lo anterior resulta la seriedad con la cual la asumen guionistas y directores, quienes cada año desarrollan una Cumbre Mundial sobre el tema, en cuya más reciente edición, Miami 2011,  acordaron instituir el Premio Delia Fiallo –homenaje a la destacada autora de origen cubano -, equivalente, según aseguraron, del Oscar de la Academia Cinematográfica.

“Tenemos retos nuevos en la creación de telenovelas pero como género está más vivo que nunca, hoy en día se ven y se producen en China, Corea, Europa del Este y en Rusia y recientemente hasta Afganistán e Irán entraron al mercado del consumo de telenovelas”, comentó en dicha ocasión Amanda Ospina, directora de la revista TVMas y organizadora del evento.

En virtud de asegurar la longevidad de tales propuestas, escritores y directores hace tiempo dejaron atrás la receta de la cenicienta para incluir temáticas espinosas de la realidad como el adulterio, la homosexualidad, la discapacidad física y mental, el alcoholismo, el consumo de drogas, el maltrato infantil, el amor a la tercera edad, con los matices propios de una cultura globalizada y tecnificada.

¿Se estancarán o se perpetuarán? Del público y los autores depende la respuesta. Mas un hecho resulta evidente: todavía hay quien apuesta a escribir del género con letras mayúsculas.

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