La tercera no ha de ser la vencida


By Yudith MADRAZO SOSA

Una lectura a vuelo de pájaro nos haría pensar que el tema del Día Internacional de las Personas de Edad, celebrado el pasado primero de octubre, encierra cierta paradoja: La longevidad forjando el futuro. Sin embargo, si tenemos en cuenta el rápido envejecimiento de la población y el constante aumento de ancianos en todo el mundo, hemos de admitir que tales cambios demográficos nos plantean retos para un mañana en el cual urgen la inclusión y la participación de los abuelos de manera significativa.

No son pocos los desafíos impuestos por el hecho de que cada vez crezca más el número de ciudadanos de la tercera edad en el orbe. A la par de constituir un logro de la salud de nuestros tiempos, representa una alta responsabilidad para las sociedades y las familias, pues demanda el rediseño en las políticas y acciones conducentes al bienestar de este grupo etáreo.

Un buen comienzo sería llamar la tención sobre cómo, lejos de adentrarse a una etapa de aislamiento o inutilidad, el adulto mayor tiene la posibilidad de llevar una vida plena y productiva, con la cual respaldar a sus familias y comunidades.

Pero, en virtud de hacer realidad tales empeños, resulta indispensable tener más en cuenta cómo viven, trabajan, disfrutan la jubilación o el tiempo libre esos hombres y mujeres que a nuestro alrededor lucen cabellos de plata. Hemos de pensar más en sus necesidades, diseñar mecanismos para que circunstancias de la cotidianeidad como la transportación, los trámites legales, el acceso a los diferentes servicios, entre otros, transcurran sin tropiezos para ellos.

No soslayemos las estadísticas. Para 2020, Cuba contará un número superior de longevos que de niños y se convertirá así en la nación más envejecida de Latinoamérica. En el presente, cerca del 18 por ciento de los habitantes de la Isla ya superó los 60 años. Sin embargo, todavía muchos aquí parecen desconocer las implicaciones económicas y sociales de tal situación demográfica.

En poco tiempo, el panorama nacional exigirá esfuerzos cruciales tanto para la economía como para el entorno familiar. Aspectos como quiénes velarán por los parientes mayores en el hogar o cómo tales atenciones podrán afectar la vida laboral y, por consiguiente, el ingreso de los cuidadores, así como cuánto será el volumen de los recursos financieros destinados en el presupuesto del estado o de la contribución de los trabajadores estatales a la Seguridad Social, demandarán el reajuste de mecanismos hasta ahora establecidos.

La nuestra sobresale entre las naciones del Tercer Mundo por su esmero hacia las personas de edad, cuyo principal sustento descansa en el Programa Nacional de Atención al Adulto Mayor. Uno de los aciertos de la Isla radica también en la inclusión, desde 1984, de la especialidad de Gerontología y Geriatría en la Salud. Se suman otras iniciativas como los círculos y casas de abuelos, hogares de ancianos, los cursos de la Universidad del Adulto Mayor, así como la atención comunitaria en cuanto a la alimentación y otras necesidades asistenciales.

El acápite 144 de la Política Social, de los Lineamientos para la Política Económica y Social del VI Congreso del Partido, establece “brindar particular atención al estudio e implementación de estrategias en todos los sectores de la sociedad para enfrentar los elevados niveles de envejecimiento de la población”. Hacia tal fin en el país se han dado pasos de avance, aunque todavía queda mucho camino por recorrer y puertas por abrir. Una de ellas podría ubicarse en el ámbito legal, al incluir en el Código de Familia el requisito de obligatoriedad en la guarda y cuidado de los hijos hacia sus padres viejos, pues no olvidemos que al final de la existencia, muchos de estos resultan abandonados por su prole.

Los imperativos del envejecimiento poblacional requieren una mayor sensibilización hacia los asuntos relacionados con la vejez, sobre todo en un mundo donde se enaltece el vigor y la frescura de la juventud en menoscabo de los hombres y mujeres con largos años vividos. Mientras más avanza la cifra de adultos mayores, más imperiosa se torna la necesidad de construir una sociedad para todas las edades pues, ciertamente, la tercera no ha de ser la vencida.

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