Día Mundial de los Docentes: encomio a una profesión poco aplaudida


Lo recuerdo bien. Cuando por primera vez me preguntaron qué querría estudiar, no tuve dudas en responder: maestra. A la altura de seis años, según dicen, no se tiene verdadera noción de a dónde pretende llegar una en la vida. Pero ya entonces resultaba evidente mi respeto y admiración por quienes día a día cumplen la difícil empresa de enrumbar a niños, adolescentes, jóvenes y ¿por qué no? adultos por los caminos del conocimiento.

Esas personas que saben del efecto del polvo de la tiza sobre su faringe, o la tensión de sus cuerdas vocales cuando les exigen a su voz un vigor situado más allá de los límites comunes; esos hombres y mujeres, con frecuencia tan jóvenes como sus pupilos, que cargan sobre mente y cuerpo enormes responsabilidades, a menudo desconocen el encomio o el aplauso. Su profesión, por útil, asequible y cotidiana, muchas veces pasa como sombra en el entramado social.

Resulta acertado, entonces, que cada 5 de octubre el orbe asista al Día Mundial de los Docentes, una jornada diseñada para reconocer el cometido de tales profesionales  y los enormes desafíos a los cuales deben enfrentarse, sobre todo en los tiempos cuando el término crisis económica signa la cotidianidad e impone enfoques renovados en este frente.

Aplaudo las palabras del secretario general de la ONU Ban Ki- moon con motivo de este Día: “Ningún sistema educativo es mejor que sus maestros. Los maestros son los custodios del aprendizaje; imparten conocimientos, valores y aptitudes y, en sus mejores momentos, alientan las expectativas y los talentos de los jóvenes y les ayudan a convertirse en ciudadanos productivos”.

La del educador no resulta tarea fácil y en no pocos países transcurre sujeta a presiones financieras o deficiencias presupuestarias. Por tal razón, urge en el presente asistirlo de todo el apoyo necesario, propiciarle una adecuada capacitación y allanarle el camino hacia el desarrollo profesional. De su parte, queda añadir constancia y pasión a su vocación inicial, conscientes de cuánto influye su rol en el devenir de las nuevas generaciones, antes quienes debería de erigirse como paradigma.

Cuba ha diseñado una y otra vez estrategias encaminadas a perfeccionar el sistema educativo, el cual busca atemperarse a los imperativos actuales. De la acertada labor del maestro en todos los niveles de enseñanza, emanarán hombres y mujeres preparados para encarar el desarrollo de la nación.

Tal como expresa Ban, “invertir en los maestros es una decisión inteligente con vistas a nuestros esfuerzos por construir economías fuertes, sociedades cohesionadas y un futuro de dignidad y oportunidades para todos”.

No llegué a matricular una especialidad pedagógica, mas no por ello decreció mi consideración hacia quienes se desvelan por educar: una profesión que trasciende el afán por insuflar conocimientos para otorgar las herramientas de una sabia conducción por la vida.

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