Yo digo no, ¿y tú? (+ Vídeo)


By  Yudith MADRAZO SOSA

No resultaba difícil vislumbrar el dolor en su rostro. Lo amoratado de los ojos, las líneas oscuras sobre la piel, la timidez con que abordaba a sus pares, develaban las huellas de la última pesadilla, vivida entre la consternación y el pavor. Se sabía joven, inteligente, hermosa, pero no alcanzaba a comprender las verdaderas causas de su humillación, ni conocía que el primer paso para sacudirse tamaño yugo debía darlo en su interior, con la comprensión de que el maltrato del cual era víctima no constituía un orden natural en la relación con su pareja.

Pasaron muchos años antes de que aquella muchacha –hoy madre de dos niñas- decidiera buscar ayuda. Pero cuando lo hizo, no solo constató cómo la violencia de género no entiende de edad, estratos sociales, o grados de escolaridad, sino también percibió cómo la denuncia representa un eslabón significativo en la cadena de enfrentamiento a este problema.

Cada 25 de noviembre el orbe asiste a la observancia del Día Mundial de Lucha contra la Violencia hacia la Mujer, y aun cuando en el ámbito internacional se registran pasos cruciales todavía queda un largo trecho por recorrer en el empeño de poner fin a ese flagelo, el cual representa una violación a los derechos humanos y un ataque a la dignidad de las personas.

Como sabemos, no constituye un asunto privado ni individual; atañe a toda la sociedad. Algunas estadísticas recopiladas por la Organización de Naciones Unidas (ONU) dan fe de la envergadura de dicha situación.

Según las investigaciones, hasta el 70 por ciento de las mujeres experimenta la violencia en el transcurso de su vida. Aquellas comprendidas entre los 15 y 44 años de edad corren mayor riesgo de ser violadas o maltratadas en casa que de sufrir cáncer, accidentes de tránsito, o ser víctimas en conflictos armados. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, al menos una de cada tres será golpeada, violada o abusada de alguna manera durante su vida, y en muchos casos el abusador será un miembro de la propia familia.

Ante tal panorama, en febrero de 2008 el Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, lanzó la campaña global “Únete para poner fin a la violencia contra las mujeres y las niñas”, extendida hasta 2015, mediante la cual hace un llamado a trabajar de manera conjunta en la prevención y eliminación de este fenómeno. Cuba, junto al resto de los estados latinoamericanos y caribeños se suma a dicha iniciativa, impulsada aquí desde 2011 bajo el lema “Yo digo no”.

Pero de poco sirve involucrarnos en una operación de esta índole sino afianzamos uno de sus principales pilares: promover cambios de actitud y comportamientos hacia la igualdad de género, al cuestionar estereotipos discriminadores de las féminas y crear un entorno propicio para la convivencia armoniosa entre mujeres y hombres en las relaciones personales o sociales.

Sin importar la forma cómo se ejerza, el maltrato hacia ellas –recordemos- resulta consustancial a la desigualdad y responde a relaciones de domino ejercidas por el género masculino con el interés de mantener o incrementar la subordinación femenina.

Por tanto, en aras de erradicar el flagelo, debemos tomar conciencia de nuestra capacidad para transformar las normas, valores y conductas socialmente aceptadas que, justo por ser inculcadas, son susceptibles de cambio. Concepciones tales “yo me lo busqué”, “lo cegaron los celos”, “él me quiere, es bueno conmigo, pero….”, “no debí ir vestida así”, entre otras, contribuyen a disculpar y tolerar a los maltratadores, mientras traslucen una naturalización del fenómeno.

No podemos legitimar la violencia por razones de género cual si se tratara de un acontecimiento irremediable, derivado de nuestra cultura machista y patriarcal. Urge visibilizarlo y fustigarlo como a cualquier otro delito. El maltrato físico, el abuso psicológico y emocional, la violación sexual, la violencia económica, entre otras formas, a cada mujer o niña a nuestro alrededor ha de doler como propio en el alma de quienes decimos NO a este flagelo cuya magnitud se acrecienta cada día.

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