Y ella, ¿bajo qué sombra se ampara?


Cuando al alcanzar la vejez, o en los años mozos, alguien enferma o presenta Sufren-desgaste-sico-los-1751280algún tipo de dependencia, dentro del sistema familiar suele haber una persona encargada de asumir las tareas relacionadas con su cuidado y las responsabilidades aparejadas a estas. Por lo general, no se produce en el seno del hogar un acuerdo explícito para determinar a quién corresponde esa función, pero la mayoría de sus miembros asumen que constituye una obligación de las mujeres.

A través de los tiempos, han sido ellas quienes se encargan de los otros, hijos, hijas, esposos, parientes y hasta las comunidades, en un ejercicio que las mueve entre el deber y la satisfacción, pues dadas las circunstancias de la modernidad, donde se imponen el éxito y la competencia profesional, no pocas se ven atrapadas en una proporción desigual entre velar por los demás y desarrollarse como individuos.

Dicho asunto ha hecho reflexionar a muchos estudiosos, quienes se han percatado de cómo más allá de postergar la realización de sus aspiraciones personales, el rol puede entrañar la aparición de serios problemas de salud. En el afán de atender a los otros, las mujeres se olvidan de sus propias dolencias. Se convierten en el árbol  a cuyas ramas los demás encuentran cobijo, pero ellas ¿bajo qué sombra se amparan?

El cuidado familiar demanda la ejecución de múltiples tareas de forma paralela. Así, quienes lo hacen se convierten a un tiempo en enfermeras, abogadas, empleadas domésticas, madres-hijas-esposas, amas de casa- trabajadora, sumidas en una jornada laboral sin principio ni fin. Todo ello tiene un costo para su bienestar físico y emocional, sin desdeñar el impacto sobre los ingresos personales de aquellas que se ven obligadas a cesar su vida laboral para dedicarse a esta función.

Muchas asistentes de enfermos crónicos –algunos con comportamiento agresivo o demente- se ven desbordadas por la situación y no siempre cuentan con los apoyos precisos para desarrollar su papel con eficacia y sin deterioro de su propia salud y calidad de vida. Esta suma de funciones con frecuencia despierta en ellas una sensación de desesperanza y aislamiento conducentes al denominado “síndrome del cuidador quemado”.

Tal cual plantea la investigadora mexicana Marcela Lagarde, el hombre contemporáneo no ha cambiado lo suficiente como para modificar su relación con la mujer ni su posicionamiento en los espacios domésticos, laborales e institucionales. Por ello, en la actualidad, el cuidado informal todavía se basa, en el uso del tiempo y las mejores energías de las féminas. Velar por los hijos, los mayores o enfermos de la parentela, constituye una tarea asignada a ellas como parte de las funciones de género en las cuales la sociedad las ha encasillado.

Esposas, hijas, hermanas o nueras asumen el rol de cuidadoras, porque la tradición las considera “mejor preparadas” que los hombres para ello. Solemos vincular esta actividad con los afectos y obligaciones inherentes a la maternidad, mientras la idea de cuán superior se torna en ellas la “capacidad de abnegación, sufrimiento y voluntad” resulta socialmente aceptada. Por tanto, sexo, convivencia y parentesco devienen variables importantes para decidir cuál persona del núcleo familiar asumirá ese papel.

Según las estadísticas mundiales, las mujeres son las responsables de la atención a sus familiares, al menos en el 70 por ciento de los casos. En Cuba, algunas investigaciones revelan el predominio de ellas en estas funciones, si  bien cada día crece el número de hombres involucrados. Aquí las féminas representan el 60 por ciento de las principales personas encargadas de la población anciana; el 75 en los casos de discapacitados; y el 92 en los de personas necesitadas de atención por cualquier motivo.

La nuestra se cuenta entre las naciones con mayor envejecimiento poblacional en el continente. Por consiguiente, en un futuro no lejano la asistencia a los adultos mayores y a personas en situaciones carenciales constituirá un serio reto para la sociedad y las familias, en especial para las mujeres de mediana edad, quienes se verán obligadas a abandonar sus empleos en virtud de dedicarse a esta ocupación.

Ante tal panorama, urge promover cambios en la subjetividad de ciudadanos y ciudadanas, fomentar políticas y conductas que propicien la distribución equitativa de las responsabilidades domésticas y el acceso a las oportunidades, recursos y bienes indispensables para mejorar la calidad de vida de hombres y mujeres. Además, resulta necesario expandir los servicios sociales de apoyo a esta actividad, junto a reconocer su valor ético y humano.

 

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