La madre que habita en mí


By Yudith MADRAZO SOSA

La madre que habita en mí no conoce de dolores de parto, ni de esa alegría 20130331JCD_inenarrable que sucede a la desconcertante punzada del alumbramiento. No ha experimentado jamás la desazón ante la certeza de que su semilla tiene prisa en brotar a la luz, o el temor de que no venga arropada en la cuestionable perfección convencional.

La madre que habita en mí solo lo ha sido a ratos, cuando le ha tocado actuar su papel en escenarios prestados y con libretos robados a otras madres, bien que, según dicen, ninguna tiene el libro mágico para desdoblarse a la perfección.

La madre que habita en mí ignora la dicha de sentir cómo crece otra vida dentro de su vida, y no tiene más vivencia en eso de amamantar que aquel instante raro y fugaz en que la boca de un bebé, ciego de apetito, se apoderó de su pezón vacío.

Sin embargo, también ha estrujado sus manos para dejar como la cal los pañales infantiles; también ha dormido a medias cuando sabe que un pequeño de “los suyos” está enfermo; ha enloquecido de ansiedad mientras espera a que los paños de agua fresca dobleguen a la fiebre altísima; ha gritado de amorosa furia cuando ve en peligro a los juguetones nenés; y se ha desbordado de sano orgullo al constatar sus progresos y ocurrencias.

La madre que habita en mí no tiene memoria de cuándo se adentró en mi espíritu. Estaba predestinada a vivir en mí, como en cada mujer, desde el sexto día de la Creación. Existía allí de niña, cuando cargaba en brazos inocentes a mis hijas-muñecas, las llevaba a pasear, las hacía nadar en la improvisada piscina de una bañadera, les cosía ropas, les recortaba el cabello, o las llevaba a un teatro imaginario donde ellas y yo éramos a la vez actrices y espectadoras.

Se hallaba allí cuando, adolescente, planificaba una familia numerosa; también en la primera juventud, aunque entonces mis proyectos individuales no querían hacerla despertar. Y sigue aquí, aun cuando el reloj natural indique cuán escasas horas le quedan para emprender ese viaje sin retroceso que es la maternidad.

La madre que habita en mí no siente celos, ni envidias de otras madres. Sabe que es don de Dios el quedarse al interior del sentimiento o multiplicarse en otro ser. No recibe regalos el segundo domingo de mayo; tampoco quiere. Se contenta con tener suficiente amor para ser madre-hija, madre-hermana, madre-tía. Eso basta.

2 thoughts on “La madre que habita en mí

  1. Me encantó esta crónica y se la enseño a todo el mundo para que la disfruten, sobre todo a aquellas que no llevaron bebés en su vientre.

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