Puertas entreabiertas


By Yudith Madrazp Sosa

Innumerables puertas se alzan en el recorrido de nuestra existencia. Unas se

Tamara, hoy una joven de 18 años, vive feliz en el Hogar de Niños sin Amparo Familiar
Tamara, hoy una joven de 18 años, vive feliz en el Hogar de Niños sin Amparo Familiar. La foto fue tomada en 2006.

hallan abiertas, francas, en clara invitación a continuar viaje hacia el lugar deseado. Otras se cierran con hermetismo, mas casi siempre sabe el peregrino cómo y dónde hallar la llave que la hace ceder. El desconcierto aparece, en cambio, cuando encuentra puertas entreabiertas: no del todo cerradas, no del todo accesibles. ¿Pasar sin medir las consecuencias? ¿Esperar por un permiso? Difícil resulta decidir.

Así ocurre con frecuencia a los profesionales de la Prensa. En no pocas ocasiones nuestro intento por acceder a ciertas fuentes de información se ve obstaculizado por algunos de tales pórticos.

“Ustedes no tienen las puertas cerradas. Pueden venir y hacer su trabajo, solo necesitan solicitar un permiso a la dirección provincial de Educación”. Con tal frase justificó, hace poco, la directora del Hogar de Niños sin Amparo Familiar su negativa al acceso de periodistas al centro. Habíamos llegado para dar cobertura a un encuentro coordinado allí por la FMC en ocasión del Día Internacional de las Familias.

De poco sirvió arribar acompañadas de las dirigentes de la organización femenil, o mostrar nuestras buenas intenciones. Según explicó, ella solo cumplía orientaciones del organismo rector. Fuimos testigos de cómo en vano intentó comunicarse con sus superiores en busca del consentimiento.

La mayor connotación del acontecimiento fue más allá de nuestra imposibilidad de realizar el trabajo. Desembocó en la triste realidad de que aquel no constituía un hecho aislado. Se trataba de otro más en una larga serie de impedimentos a las funciones de los periodistas.

No era la primera vez que en instituciones escolares exigían a la Prensa un permiso previo para realizar reportajes, entrevistas o tan solo documentarse antes de publicar una información. Tal exigencia responde a una normativa del Ministerio de Educación, debido a la cual, en otra oportunidad, no pude dar cobertura a una actividad organizada por el ICAP con estudiantes foráneos en el propio Hogar.

Mi consternación adquiere ribetes mayúsculos, mientras me asaltan dudas: ¿acaso necesito una licencia especial para hablar de la entrega, la longanimidad, la paciencia, la profesionalidad con la cual, me atrevo a asegurar, docentes y trabajadores se encargan allí de la educación a esos pequeños? ¿Será que los logros del sector, y las modificaciones encaminadas a subsanar sus deficiencias, cayeron al baúl del innecesario secretismo, ese al cual Raúl Castro ha ordenado perforar?

Quisiera pensar en una deficiente comunicación, o en una errónea interpretación de las regulaciones, como chivo expiatorio para tamaño desacierto. Sin embargo, tras una conversación telefónica con Annia Sánchez, quien labora en el Departamento de Divulgación de dicho Ministerio, conocí que en efecto la Resolución tiene plena vigencia. Para cualquier trabajo periodístico es necesario una solicitud, aunque las autoridades pertinentes deben emitirlas en menos de 72 horas.

¿Dónde queda la espontaneidad en el quehacer periodístico? Si estamos de recorrido en un municipio, por ejemplo, y allí conocemos de una iniciativa o un trabajo digno de resaltar en esa rama… ¿debemos esperar tres días para regresar y reseñarlo?

Otra de las razones a favor de la regulación, agregó la funcionaria, reside en impedir que la visita de los reporteros a los planteles obstruya el proceso docente-educativo. ¿Será práctica de los periodistas cubanos invadir como plaga los centros estudiantiles, al punto de entorpecer su misión?

No coloco en tela de juicio las disposiciones que cualquier ministerio tome hacia su interior en virtud de hacer más eficaz y eficiente su cometido. Cada uno ha de conocer la mejor manera de conducir su nave hacia puertos seguros. No obstante, medidas tales solo consiguen entorpecer la labor de quienes tenemos la misión social de informar, educar y ayudar al pueblo a comprender los diferentes procesos sociales.

Duele constatar que el de Educación no está solo en la aplicación de tal arbitrariedad. En mayor o menor medida otros organismos reciben a la prensa tras puertas entreabiertas, esa posición ambigua, conveniente para indicar que es posible pasar, pero no sin antes recibir el debido permiso.

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