Sin cirugía ni photoshop


Yudith MADRAZO SOSA

En el mundo actual, que se nutre de la imagen y hace culto frenético a la belleza, Megan Fox antes y despuésparece asunto de quimeras ver a las mujeres lucir sus atributos de manera natural. Hoy, sin importar la edad, recurren a los más disímiles artificios en la búsqueda de la apariencia necesaria para encajar en los cánones estéticos preestablecidos por la publicidad y legitimados por no pocos.

Ya rebasamos la época cuando la inconformidad con nuestro cuerpo se limitaba al color y la textura del cabello, o las libras (para unas, de más; para otras, de menos) que soportaban nuestra constitución. Aplicarse una onda fría o un desriz; volverse rubia a pesar de haber nacido trigueña o viceversa, resultaban apenas caprichos sin mayores consecuencias.

Desde hace unos años, sin embargo, muchas jóvenes y adultas se desbocan en una carrera frenética por conseguir aquello con lo cual no fueron dotadas, alentadas por la idea de parecerse al modelo de mujer considerado hermoso.

Una buena parte acude a la cirugía estética con la finalidad de agrandar las tallas de las mamas, estrechar la cintura, abultar los glúteos o alisar el vientre. Algunas optan por alargar uñas y pestañas con acrílico o silicona uñas, o por colocar extensiones al pelo.

Otros recursos destinados al buen lucir salen ahora por la puerta de ciertas factorías. Estas ponen al alcance de las clientes desde blúmeres con traseros hasta blusas-fajas para disimular esas “masitas” detestables cuando llevamos un atuendo que marca la silueta. También están las herramientas del photoshop, capaces de transformar ojos, narices, caderas…y hasta el color de  la piel, al punto de perpetuar sobre cartulina o en la pantalla de una computadora una imagen distante de la realidad.

Pero el culto a la hermosura no resulta cuestión del presente, ha existido siempre. Cada cultura ha establecido su propia definición de la belleza, si bien varios autores la entienden como aquello agradable a los sentidos y causante de placer. Por tal razón, lo calificado como atractivo en estos días y en esta latitud no lo ha sido necesariamente en otros siglos y regiones.

De acuerdo con ciertos investigadores, entre las primeras referencias sobre el tema resalta el nombre de Friné, la musa de Praxíteles. En la antigua Grecia, hacia los años trescientos cuarenta antes de Cristo, ella posó numerosas veces para sus esculturas de Afrodita. Pero ese patrón cambia en cada época.

Si hace unas décadas en Cuba, por ejemplo, las mujeres rollizas, de caderas y glúteos acentuados (como las criollitas de Wilson) hacían volver la mirada de los hombres al pasar, ahora son las delgadas y estilizadas las mejor apreciadas por la población masculina, en especial los jóvenes.

De tal suerte, resulta insensato esclavizarnos con las efímeras perfecciones impuestas por las modas. Hay en el presente una tendencia a apostar por el aspecto natural para considerar a una mujer hermosa. Lo han entendido varios organizadores de certámenes de belleza en el mundo, quienes comenzaron a descartar a las aspirantes que se hayan practicado alguna cirugía. Al parecer, que los senos cuelguen un poquito y el vientre muestre su femenina tersura  acapara otra vez la atención de fotógrafos y diseñadores.

No está mal preocuparse por la buena apariencia, máxime cuando saberse agradable a la vista ajena eleva la autoestima. De una forma u otra todas hemos sucumbido alguna vez a los deseos de parecer bonitas. Lo alarmante aparece cuando dicho anhelo deriva en obsesión y se pondera en menoscabo de la hermosura interior a la cual, sin dudas, debíamos aspirar.

¿Acaso puede el quirófano o la más sofisticada técnica transformar el carácter, volvernos personas sensibles, educadas, sabias, pacíficas, respetuosas? Acudir al salón de operaciones o de belleza constituye una válida opción, pero antes deberíamos acceder a cirugías para ennoblecer el alma, y así convertirnos en seres humanos dignos de la condición.

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