Cuando ellas no están el campo entristece


By Yudith Madrazo Sosa and Alexis Pire Rojas

Las botas no pesan en piernas afeitadas. Quizás el cansancio se adelante un

A Rosa Isabel González Claro le agrada mucho la cría de conejos
A Rosa Isabel González Claro le agrada mucho la cría de conejos

poco y asomos de fatigas prematuras mermen el paso. Seguramente no, y es que el sudor corre igual en la piel femenina, tal vez mejor. Por eso no les son esquivas las labores del campo.

Podemos constatarlo en la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Antonio Maceo, ubicada en el Consejo Popular Ramón Balboa, del municipio de Lajas, en Cienfuegos. Esta unidad sobresale por la incorporación femenil a los quehaceres agrícolas. Unas, alegres y campechanas, otras más serias y sosegadas, todas, mujeres de la tierra, de esas que no huyen del fango, ni del rocío matinal para arrancarle al suelo sus frutos o multiplicar en los corrales las cabezas de ganado y el número de aves. Mujeres a quienes el sol descubre en la finca o la luna sirve de compañera en noches interminables para contribuir, junto a los hombres de la casa, al sustento de los suyos y al beneficio de la comunidad.

Desde hace varios años, Lidia Tomasa Calvo Castillo conduce esta unidad perteneciente a la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP). Por eso sabe como nadie cuánto camino debió desbrozar para incrementar la presencia de sus congéneres en la organización campesina. Hoy muchas de ellas son propietarias de tierras y se desenvuelven con éxito en los diferentes movimientos productivos.

Las aspiraciones de la “Antonio Maceo” de obtener más de 500 toneladas de carne de cerdo, superar las 80 de vacuna y 10 de ovina, alcanzar un millón de litros de leche para 2015 e incrementar la siembra y el rendimiento del arroz incluyen el esfuerzo de tales damas.

Según parece, esta CCS reúne ciertas cualidades relacionadas con “la reina de las flores”, y aunque asome la cursilería, no debe obviarse tanta coincidencia, la grabadora y la agenda se llenaron del mismo nombre, pues en Balboa, conviven muchas bajo el apelativo de Rosa.

Una de ellas, Rosa Isabel González Claro, quien junto al esposo saca adelante una finca acogida a la Agricultura Urbana y Suburbana, se dedica tanto a la cría de conejos que la llaman la “médico veterinaria” del lugar. “Velo si están tristes, si comen o no… pero no me gusta matarlos, no sé…me parecen personas”.

No solo los conejos reciben la atención de Rosa Isabel. Pollos, cerdos y carneros conocen también de sus cuidados. “Hago de todo un poco, paso el día entero de una faena en otra. Cuando los hombres llegan con la leche, les ayudo a envasarla en el termo, luego voy pa’ los animales. Me encantan las tareas del campo y así ayudo a mi marido y a mi hijo”, afirma.

Hace alrededor de dos años se asoció a la Cooperativa y gracias a su respaldo, su esposo ostenta la condición de campesino integral. En su opinión, ser mujer no constituye impedimento alguno para dedicarse a las tareas agrícolas. “Basta con que les guste”, asegura.

Rosa Pérez Fernández y Rosa Dávila Carderón tienen asimismo historias de su paso por la “Antonio Maceo”. Dependienta del punto de venta la primera y cocinera, la segunda, ambas manifiestan satisfacción por las actividades a su cargo. “Nosotras podemos hacer mil cosas, como los hombres, y yo me siento muy bien aquí. En la casa me dicen ‘a ti te gusta estar más allá que acá”, comenta la vendedora, mientras su compañera habla de la alegría de deleitar a los asociados con su sazón.

Aunque en esta cooperativa predominan las labriegas, en su composición figuran féminas cuyas manos diversifican las producciones, al sumar a los frutos de la agricultura y el renglón pecuario los de la creatividad artesanal para satisfacer las necesidades de la comunidad. Tal es el caso de las hermanas Carmen y Zoyla Rosa Pérez Alfonso, reconocidas por su participación en el movimiento del Fórum de Ciencia y Técnica y los eventos de Mujer Creadora.

La creciente adhesión de las féminas al universo rural no constituye obra del azar. “Trazamos la estrategia de incorporar a las esposas de los campesinos, pues ellas son quienes los apoyan en las diferentes faenas. Participan en la cogida y el secado del arroz, la cosecha de frijoles, la recolección de ajos y hortalizas, la cría de ovinos, conejo, gallinas, la venta de huevos… Respaldan a los hombres al llevarles merienda y almuerzo al campo, entre otras acciones“, argumenta la presidenta de la CCS.

“Pero ese trabajo es pocas veces reconocido. Por tanto, nos dimos a la tarea de atenderlas y diseñar actividades con la finalidad de resaltar su labor”, alega Elsa Villegas Galindo, organizadora e ideológica de la “Antonio Maceo”.

El camino, sin embargo, no ha estado exento de escollos. Algunos hombres muestran reticencia al acceso de sus compañeras a las tareas agrícolas, a la tenencia de tierras, o a ciertas acciones de esparcimiento. “A veces no les gusta que ellas salgan de la casa para ir a las actividades, pero hemos ganado mucho en eso. Conversamos con ellos y entienden”, señala.

Según agrega, aunque la mujer rural cubana exhibe logros que constituyen asignaturas pendientes para sus pares en el resto del mundo, todavía tienen metas y sueños por cumplir. “Necesitan una mayor valoración a su desempeño. En ocasiones, destacamos el quehacer de un productor y nos olvidamos cómo detrás de esos excelentes resultados está su mujer, su retaguardia, porque él solo, sin la ayuda de ella, no puede. Otras dificultades radican en la carencia de círculos infantiles, por ejemplo, lo cual obstaculiza la incorporación al trabajo de quienes tienen hijos pequeños”, sostiene Villegas Galindo.

En tal empeño intervienen la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) y la ANAP. Con programas dedicados a consolidar la igualdad de géneros y sacar el mayor provecho posible del sudor femenino. Al parecer, su incorporación trasciende las estadísticas e informes. Seguramente cuando ellas no van, el campo tiende a ponerse triste.

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