En el camino equivocado


doc-0062-esg  Las lágrimas escapaban  como torrente de lluvia de los ojo del pequeño.  El  rostro era reflejo de la culpa y el terror que atormentaban su candidez. “A mí se me respeta!!!…”, “Tú tienes que temerme a mí!!!”, “sal de mi vista!!!”, “cállate ya, no llores!!” Los gritos y las sacudidas resultaban harto atemorizantes para su escaso entendimiento.

Tales acciones componían el acto de disciplina que aplicaba aquella madre a su hijo, de apenas seis años. Creía ella estar en lo cierto: la falta del niño debía reprenderse. Sin embargo, ignoraba que en su afán de corrección emprendía el camino equivocado: el del maltrato infantil.

Por desventura, no pocos infantes, aun sin saberlo, resultan víctimas de ese mal. El hecho alarma y convoca a los actores sociales que velan por el bienestar de niños y niñas. Y cual sucede con la violencia hacia la mujer, se palpa en mayor o menor medida en todas las latitudes, de ahí que se le considere un problema universal con profundas repercusiones psicológicas, sociales, éticas, legales y médicas.

No escapa casi ningún contexto a la materialización de este flagelo. Niños y niñas pueden sufrir abusos bien en el seno familiar, por parte de los padres u otros parientes, en la escuela, o en el ámbito social proveniente de adultos o personas de su propia edad.

Proferir improperios al estilo “no sirves para nada”, “de ti nada bueno puede esperarse”, “tú siempre la haces”; propinar golpizas, empujones, alones de orejas; avergonzarlos delante de terceros; imponer tareas en lugar de pedir cooperación; ignorar sus necesidades, miedos y preocupaciones; negarles horarios y espacios para el esparcimiento, constituyen formas de maltrato infantil, el cual incluye, además, el verbal y el sexual.

Resulta preocupante el hecho de que casi siempre una parte significativa de este flagelo acontece a las sombras. En numerosas ocasiones, los menores no tienen el valor de denunciar dichos actos por temor a las represalias de sus agresores. Sin embargo, es más inquietante constatar con cuánta pasividad recibimos tales prácticas, pues la mayoría de las veces las aceptamos como usuales, como castigos justificados y necesarios, desprovistos de toda connotación violenta.

Con frecuencia, el niño maltratado se siente avergonzado o culpable y se cree merecedor de las golpizas o las reprensiones de las cuales es objeto. De ahí su reticencia a hablar del caso.

Pero la violencia trae consigo consecuencias graves para el desarrollo del pequeño. En su triste saldo no solo figuran la muerte, en casos extremos, o las lesiones profundas sobre el cuerpo, sino las huellas que, aunque invisibles, calan en los adentros del menor por largo tiempo y resultan difíciles de borrar.

El abuso puede comprometer la salud de niños y niñas, menguar la capacidad de aprendizaje y hasta el deseo de asistir a la escuela. También disminuye su autoestima y los vuelve más proclives a la depresión o al suicidio en la adultez.

Según datos de instituciones sociales, en Cienfuegos se han registrado casos de abusos lascivos en el ámbito escolar, así como un número significativo de violaciones sexuales perpetradas a niños (as) y adolescentes.

Más allá del procedimiento legal ante tales casos, urge un reconocimiento de la necesidad de afrontar el problema desde la óptica de la intersectorialidad y la sostenibilidad de las acciones. Familia, escuela y actores sociales hemos de juntarnos para hacer frente a ese mal. Visibilizarlo representa un primer paso, otra salida sería combatirlo con las armas de la prevención, la educación y buenas prácticas de respeto, comprensión y cordialidad.

Cada niño maltratado ha de dolernos como a propios, pero para secar esas lágrimas necesitamos antes identificar los signos de la violencia. Debemos reconocer si la hemos cometido. Luego, asirnos al poder de la razón y la

voluntad para dar a nuestras conductas ese giro que nos conduciría por el camino correcto de la comprensión y el mimo al retoño de la sociedad.

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