Últimos días del iniciador


Cuando se evoca el nombre de Carlos Manuel de Céspedes, imagesacude a nuestra mente la imagen del héroe iniciador de las luchas libertarias cubanas, del generoso y aguerrido “hombre de mármol” como lo llamó Martí, devenido Padre de la Patria en el decursar de la Guerra de los Diez Años.

Pocas veces se le recuerda cual el hombre que fue, sujeto a pasiones como cualquier otro, lleno de anhelos y de inquietudes y poseedor de una personalidad marcada por virtudes y defectos, tal el más común de los mortales.

Los últimos días de su existencia fueron los menos sospechados para esa figura legendaria, quizás cual ninguna otra de su época tan exaltada y denigrada al mismo tiempo.

Su actuación durante la guerra fue muy discutida. Sin embargo, a pesar de sus muchos detractores, a Céspedes le corresponde el mérito histórico de haber tomado la decisión de comenzar la gesta. Su carácter, arrojo y visión de cómo debía impulsarse la lucha nacional liberadora, le permitió la gloria de ser él quien diera en primer grito de libertad.

Las desavenencias con los principales jefes militares propiciaron que la Cámara de Representantes exonerara al abogado bayamés del cargo de presidente de la República en Armas a finales de 1873, decisión que aceptó con ejemplar serenidad.

Aún así, continuó en el campo insurrecto, aunque nada hizo por recobrar el poder. Despojado de todo mando, envejecido y casi ciego, solicitó autorización –denegada- para reunirse con su familia en el extranjero. Pudo hacerlo y embarcarse sin el permiso del gobierno revolucionario, mas él, en muestra de su recia disciplina, dispuso que no saldría de Cuba como un vulgar desertor.

Fue entonces que, abandonado y sin escolta, decidió refugiarse en la finca San Lorenzo, ubicada en el corazón de la Sierra Maestra, la cual había sido establecida allí para el sostenimiento de mujeres e inválidos de guerra.

Con alegría y afecto lo recibieron allá, a donde arribó acompañado de su hijo mayor, Carlos Manuel, y su cuñado José Ignacio Quesada. “Todo el vecindario nos nuestra mucho cariño. En consideraciones y respeto nada he perdido con la presidencia: por dondequiera que voy –salvo lo oficial- soy acogido como antes: ahora debe ser con más sinceridad, y así lo agradezco mucho más”, escribiría Céspedes a su esposa Ana Quesada.

En San Lorenzo vivió en una casita de guano, muy modesta, con dos habitaciones, pero jamás se quejó. En esos días conversaba con los vecinos, los visitaba, se bañaba en las aguas del Contramaestre. Dispuso de una cartilla improvisada y reunió a su alrededor a los niños para enseñarles a leer y escribir.

Pronto las autoridades españolas conocieron de su paradero. Enviaron tropas para  asaltar en el momento adecuado el refugio del “padre de todos los cubanos”.

El 27 de febrero de 1874 el enemigo atacó a San Lorenzo. Se dio así la ocasión para que el patriota bayamés llevara a efecto lo que en cierta oportunidad había vaticinado: “Yo creo que no llegaré a morir como prisionero de guerra: mi revólver tiene seis tiros, cinco para los españoles, y uno para mí. Muerto podrán cogerme, prisionero nunca”.

Al percatarse de la presencia de los peninsulares, Céspedes corrió desde su bohío hacia el monte, seguido de cerca por los asaltantes. Se vio solo, los españoles le pidieron a gritos se entregara, pero él se defendió con su arma.

“Aceptó solo, por breves minutos, el combate de su pueblo: hizo frente con su revólver a los enemigos que se le encimaban, y herido de muerte por bala contraria, cayó en un barranco, como un sol de llamas que se hunde en el abismo”, apuntaría Manuel Sanguily.

“Así terminan los días de quien defendió la libertad con su vida. A partir de ese momento y hasta hoy su figura se enaltece. Más que sus actos públicos y los rasgos de su atractiva personalidad, será su pensamiento la piedra angular sobre la cual se edificarán los conceptos republicanos; en él está la génesis de la historia de la Patria y de las virtudes cívicas del Estado y del Pueblo”, escribiría sobre este cubano insigne el historiador Eusebio Leal Spengler en su libro  El Diario Perdido.

Tal como expresara el biógrafo Aldo Daniel Naranjo, Carlos Manuel de Céspedes asimiló lo mejor del pensamiento progresista de su época y lo procesó de un modo creador, con un sentido social más amplio y con un papel específico para las diversas clases sociales y el pueblo en general.

Su deceso asestó un duro golpe a la revolución. Pero el peso de su imagen a lo largo de la historia, su inconmensurable contribución a la redención patria, lo eternizan en la memoria de todos los cubanos.

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