Juan Gualberto Gómez: tesón del periodista, energía del organizador


Cuando se aluda a la historia de Cuba, el nombre Juan Gualberto juan-gualberto-gomezGómez ha de vibrar por la relevancia en su labor como independentista y periodista, al usar el arte de las palabras, con inteligencia y talento, como arma contra la opresión a la que estaba sometida su patria y en defensa de los hombres de su condición. Nacido de esclavos en Sabanilla del Encomendador, Matanzas, el 12 de julio de 1854 tuvo, sin embargo, el privilegio de no conocer los horrores de la esclavitud. Sus padres, gracias a la generosidad de la dueña, Catalina Gómez, le habían comprado la libertad antes del nacimiento. Estudió en la escuela de Antonio Medina, maestro de niños negros a quien llamaban el José de la Luz de color. En 1868, otra vez ayudados por doña Catalina, sus progenitores lo enviaron a formarse en Francia para luego ejercer el entonces bien remunerado oficio de carruajero. Se estableció en París, donde aprendió Francés y matriculó una Ingeniería. Una vez bilingüe, comenzó a trabajar como periodista. En la década de 1870 viajó por México y el Caribe, pero regresó a la Isla tras el Pacto del Zanjón, en 1878. De vuelta a su tierra natal, Juan Gualberto se dedicó al periodismo liberal y abolicionista, al colaborar con Márquez Sterling. En 1880, antes de su primer destierro, fundó y dirigió el periódico La Fraternidad, además de La Igualdad y La República Cubana, labor por la cual fue deportado a Ceuta. La Fraternidad constituyó una trinchera ideológica desde la cual enfrentó a la esclavitud, la discriminación racial y el colonialismo. De Ceuta pasó a Madrid, donde vivió por espacio de una década durante la cual fustigó la dominación del hombre por el hombre y toda opresión desde las páginas de El Abolicionista y La Tribuna. En estas publicaciones puso de manifiesto su brillantez como escritor y periodista, cualidades reconocidas por prestigiosos colegas españoles de la época. Cuando retornó a Cuba hizo circular nuevamente a La Fraternidad, con el propósito de divulgar el ideario separatista que –sostenía- no podía impedirse legalmente. Desde allí atacó al fanatismo político, argumentó sobre la incapacidad de España para mantener a la Mayor de las Antillas como su colonia, luchó por la igualdad de derechos de negros y blancos, se enfrentó al Autonomismo y a la labor anticubana del diario La Marina. Juan Gualberto compartió el ejercicio de la prensa con tareas conspirativas relacionadas con la organización de la Guerra Chiquita. En el contexto de tales afanes nació su estrecha  amistad con José Martí. Algunos de sus artículos propiciaron una acusación ante los tribunales y la apertura de numerosos expedientes políticos en su contra. Para el mulato intelectual, toda aquella acción periodística significaba tan sólo un paso previo al trabajo revolucionario; la vía a través de la cual quería despertar en el país el sentimiento separatista, y crear condiciones para reunir los núcleos independentistas. Tal denodado quehacer le mereció el respeto y la admiración del Maestro y Antonio Maceo. “Quiere a Cuba con aquel amor de vida y muerte y aquella chispa heroica con la que ha de amar en estos días de prueba, quien la ame de veras. Él tiene el tesón del periodista, la energía del organizador y la visión distante del hombre de Estado”, expresó sobre él Martí. Tanto el Maestro como el Titán de Bronce consideraban la tarea de educación patriótica y social realizada desde La Fraternidad parte insoslayable en la preparación de la guerra del ’95. Al inicio de la gesta, el matancero revolucionario sufrió otra vez cárcel y destierro. Desatado de sus cadenas, regresó a Cuba en 1901 y asumió una participación activa en la Asamblea Constituyente. Desde ese escenario defendió la independencia antillana de la influencia ejercida por anexionistas cubanos y extranjeros y se opuso a la Enmienda Platt. El gran estadista continuó sus servicios a la patria como Senador de la República, cargo en el cual se mantuvo hasta su deceso, el 5 de marzo de 1933. Como escritor, Juan Gualberto Gómez afianzó un estilo único, preciso, ameno y didáctico. También incursionó en la crítica literaria y en la traducción al español de algunas obras francesas. Sin embargo, poco se le aprecia y distingue como poeta. Quienes intimaron con él lo representaban como un hombre de vasta cultura, excelente orador, de verbo fácil y atrayente, quien colocó la fuerza de sus palabras a favor de la Patria. Descolló entre los periodistas de su tiempo. Tal apuntaron algunos biógrafos, “se distinguía por la claridad del lenguaje, habilidad en la exposición, serenidad en la polémica, audacia en la idea, vigor en el estilo y cortesía para con el adversario. Manejó lo mismo el ataque incisivo y demoledor que el sarcasmo hiriente y mordaz”. Su importante labor en la lucha por la independencia de Cuba, junto a la destacada trayectoria cual hombre de letras y revolucionario suscitan hasta hoy la admiración y el recuerdo de sus coterráneos. Como él mismo expresara fue “ante todo y antes que otra cosa, un cubano que nunca dejó de serlo”.

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