Almas en fuga


Leyaní DÍAZ HERNÁNDEZ y Yudith MADRAZO SOSA

adolescentes  Claudia no lo piensa dos veces. Quiere dormir un largo sueño, olvidarse del mundo por algunos instantes, remontarse a las nubes…Volar, volar, volar hacia un lugar donde ella sea otra y no la muchacha de 14 años que, desde hace tres, solo ve a la madre durante unas cortas vacaciones; o la estudiante con resultados académicos adecuados, que se lleva bien con sus compañeros de aula pero no logra una relación armónica con su hermana; o la joven enamorada a cuyo pretendiente no puede corresponder debido a las prohibiciones de un padre incapaz de asimilar cuánto ha crecido su hija.

No duda más y va hasta el botiquín. Con manos ansiosas escoge de entre un blíster y otro y otro. Una, dos, tres, diez, quince… no cuenta, no reflexiona, no ve, solo se deja arrastrar por el impulso, como una hoja vencida por el viento. Mira el reloj mientras seca las gotas de sudor que se escurren entre los dedos. Cada minuto pesa cual un siglo. Espera.

SOLUCIÓN PERMANENTE A UN PROBLEMA TEMPORAL

Con frecuencia, muchachos y muchachas en la provincia son remitidos a los servicios de Psiquiatría debido a comportamientos tal el reseñado arriba. Aunque las cifras aquí no resultan alarmantes si se les compara con las de países desarrollados como los Estados Unidos – donde la conducta suicida representa un serio problema de salud- el fenómeno llama la atención de diferentes especialistas y actores sociales.

“Prácticas como la de Claudia no tienen una expresa intención suicida, más bien se usan para llamar la atención. Ello resulta de las contradicciones propias de los adolescentes, quienes son generalmente impulsivos y nada consecuentes con sus actos”, afirma la Dra Beatriz Sabina Romeu,  especialista en primer grado de Psiquiatría infanto-juvenil.

De acuerdo con la jefa del servicio del Hospital Pediátrico Paquito González Cueto, de Cienfuegos, la tentativa suicida ocurre con mayor periodicidad que el suicidio y en los últimos diez años la provincia registra un  incremento de los casos. Ello constituye un importante factor de riesgo, pues quienes consideran hacerlo una vez presentan mayor probabilidad de consumar el hecho si reinciden. Lamentablemente, en 2013 los intentos repetidos condujeron a la pérdida de la vida de tres adolescentes.

En la opinión del consultor estadounidense Bill Blackburn, el suicidio constituye una “solución permanente a un problema temporal y deja en los sobrevivientes una pena que durará por el resto de la vida”. De ahí la urgencia de prestar atención a los riesgos y de tomar medidas de carácter preventivo.

“Las principales causas del intento de suicidio en tales edades radican en los conflictos familiares, los problemas de la convivencia, el maltrato por parte de los progenitores, alcoholismo,  mal manejo del divorcio y los conflictos de parejas.

“Otras razones conducentes a tomar ese camino aparecen en el ámbito escolar, como las burlas o el bonche entre compañeros de aula. También puede haber mal manejo pedagógico o de la familia ante situaciones puntuales”, argumenta Sabina Romeu.

NI AISLADO NI INDIVIDUAL

El atentado contra la propia vida jamás es un hecho aislado, subraya Blackburn, pues involucra a las personas que de alguna manera interactúan con quien lo comete. Además, de forma sutil, invita a otras a probar esta vía tan radical de enfrentar las dificultades.

Tal como señala la licenciada Rebeca Milord Marín, especialista en Promoción y Educación para la Salud, el problema del intento suicida en los adolescentes presenta aristas multifactoriales, no existe una única causa para todos por igual.

“Debemos tener en cuenta el papel de la familia. Un alto número de los hogares cubanos son disfuncionales y aparejado a ello, algunos están identificados como casos sociales. Por ejemplo, aquellos donde hay miembros que no trabajan, madres con varios hijos, padres reclusos o ex-reclusos. Muchas veces, a muchachos y muchachas dentro de ese marco les rodea la carencia afectiva y la violencia doméstica”, aduce.

Sin embargo, cual afirma Roberto Velázquez Herrera, secretario del Consejo de Atención a Menores en la dirección provincial de Educación, el fenómeno puede alcanzar a cualquier familia. También se han dado casos en núcleos funcionales. “La etapa de la adolescencia es muy compleja y nos urge estar alertas ante cualquier indicio de actitud inusual. Necesitamos conversar, investigar, indagar qué pasa”, alega.

Ambos entrevistados coinciden en señalar la significativa implicación del entorno escolar en el asunto.  “Es en dicho contexto donde el/la joven pasa la mayor parte del tiempo. Pero en este sector hay debilidades en la salida extracurricular, pues hemos constatado que no todos los profesores están preparados para abordar los temas de la adicción, los hábitos tóxicos, la sexualidad y otros asuntos de marcada importancia para el desarrollo adecuado de dicho grupo etáreo”, explica Milord Marín.

A dicha reflexión añade Velázquez Herrera la preocupación sobre cómo todavía cuesta conducir a profesores y estudiantes a realizar, con sistematicidad y rigor, un sistema diseñado en dicho sector para atender y conocer mejor al educando.

MuchosInvestigadores otorgan importancia a cuanto ocurre en las aulas, pues constituyen un marco complejo en el que las demandas y expectativas de alumnos, padres y docentes no siempre se entrecruzan de manera armoniosa y, por tanto, dan lugar, en bastantes ocasiones, a desencuentros que pueden derivar hacia serios conflictos.

“El tópico del atentado contra la propia vida debe tratarse en todos los centros aunque no haya incidencias. ¿Cómo? Fomentando la autoestima, las relaciones interpersonales, mostrando los mecanismos de resiliencia necesarios ante la frustración o un problema determinado, de manera que vean cómo siempre hay una salida”, propone Milord Marín.

El seno del hogar representa otro escenario donde pueden desarrollarse ciertas prácticas en virtud de impedir  la actitud suicida de algún miembro. Una de ellas sería demostrar con  hechos, más que con palabras, el amor de los unos por los otros.

“Debemos no solo escuchar a otros integrantes de la familia sino también prestar atención al lenguaje de su comportamiento. Conocer qué está pasando en sus vidas, lo cual incluye además de cómo van las cosas en casa, cómo marcha todo en el trabajo, la escuela y con los amigos”, exhorta Bill Blackburn.

A tenor con tales palabras, Roberto advierte la necesidad de que familiares y docentes dejen de ver los problemas de conducta como distantes y sean capaces de identificar las señales de aviso. “En los casos de menores con tentativa suicida se ha comprobado que algunos mostraron cambios significativos en su comportamiento. Por ejemplo, hemos conocido de alumnos que mostraron  tristeza por períodos de tiempo prolongados y la escuela no profundizó en un aspecto tan visible como ese”, subraya.

RETORNO A LA ESPERANZA

Claudia despierta en una sala de hospital. Todavía no cree que ha sobrevivido a su autoagresión. Ni siquiera tiene conciencia de que pudo morir. Su alma había emprendido un viaje de fuga, que para ella no pasaba de ser un grito de angustia, un desesperado “¡Mírenme; estoy aquí!”

Gracias a la ayuda médica y familiar, ahora comprende la temeridad de exponer su existencia a la suerte y ve cómo detrás del nubarrón que desata cada tormenta en su peregrinar, aparece un arcoíris de esperanza. Ha vuelto a sentirse amada y se ama también ella un poco más. La vida, su vida, se dice una y otra vez, como para no olvidar, es un don que ni siquiera ella tiene derecho a truncar.

 

 

 

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