“Las mujeres no tenemos límites”


DSC_9992Experimentaba el placer del canto compartido. Se sentía dichosa al poder expresar el alma con la voz. La música, el coro, constituían sus grandes pasiones, hasta que eventualidades de la vida pusieron a prueba esa capacidad y hubo de encontrar otros derroteros a su fuerza creativa interior.

Yolanda Fajardo Rodríguez conoce bien que la queja o el quedarse de brazos cruzados de poco sirven ante la adversidad. Cantante coral durante décadas y hablante de varios idiomas, un día se vio obligada a cambiar el curso de su quehacer y lo hizo con determinación, sin miedos. Desde entonces se cuenta en la nómina de Trabajadores por Cuenta Propia de la provincia para su beneficio y el de la sociedad.

DE LA VOZ A LAS MANOS: OTRA FORMA DE GANARSE LA VIDA

“¿Tornera?, ¿fresadora? Ni lo uno ni lo otro. Soy una atrevida, lo que hago es un desafío. He tratado de continuar la obra de mi padre, que era el talento: ingeniero mecánico, anirista, creador… Empecé por ayudarlo, allá por los años ’90 y cuando él falleció, en el ’98, saqué patente. Ya presentaba dificultades con la voz, por problemas de salud, y me di cuenta de que esto me daba más que ser cantante.

“En aquella época una labor así parecía una cosa extraña, casi no había licencias y no era usual ver a una mujer trabajando en un torno o una fresa. Era raro y llamaba la atención. La mayoría de los inspectores dudaban de que fuera yo quien confeccionara las piezas. Tuve mucha presión al respecto, me vigilaban, me inspeccionaban, me cuestionaban….hasta que fui felicitada por cada uno de ellos.

“En ocasiones me veo ante retos muy grandes, extremadamente difíciles. Muchas veces logro vencerlos y eso me da tremenda satisfacción, porque generalmente son equipos sin solución en Cuba. Pero reconozco cuánto me falta por aprender. Cada pieza nueva me lleva a conocer un mundo de cosas diferentes. Descubro posibilidades, herramientas, recursos para hacerlas. También aprendo con todo profesional que se me acerca, me sugiere, me indica, me asesora de manera altruista y bondadosa…”, comenta Yolanda.

Esta cienfueguera se dedica a la fabricación de piezas para electrodomésticos e incluso para equipos de alta precisión como microscopios, fotocopiadoras, impresoras, cajas registradoras, piñones para mezcladoras, equipos de audio, máquinas eléctricas de moler carne, lasqueadoras, procesadoras de alimentos, teatro en casa, entre otras.

“La mayoría son importados, por lo que hay demasiada variedad. De ahí mi regocijo al poder satisfacer las expectativas de quienes vienen a buscar ayuda. Trabajo en mi casa. Los aparatos son diminutos y muy primitivos, hechos por mi padre de una manera sencilla, para que yo pudiera operarlos también”, explica.

ENTRE PREJUICIOS Y APTITUDES

No resultaron poco los prejucios que debió vencer Yolanda cuando comenzó su negocio, un desempeño atípico entre la población femenina. Tuvo miedo, pero lo dominó con tenacidad para abrirse paso en un universo, con frecuencia, hostil.

“Al principio me asusté mucho cuando me vi sola en este quehacer. Realmente me urgía trabajar, cuidar a mi mamá, mi hijo de catorce años. Necesitaba mejorar mis ingresos. Por tanto, emprendí esto con manos y dientes, pues tenía que salir adelante. Llegué a hacer cosas que -luego descubrí- mi padre había hecho antes y yo no lo sabía. No lo hice con su perfección, pero lo logré y eso fue dándome valor, confianza en mí misma y la seguridad necesarias para continuar el trabajo. Y levanté la economía, no solo para mí, sino para toda mi familia.

“El trabajo es rudo, sucio… me he estropeado mucho las manos, no puedo usar uñas largas ni estar vestida de ‘mujer’, quiero decir, con ropas finas, tacones altos, como antes, pues esta labor requiere del uso de ropa vieja, que pueda estropearse, mancharse de grasa…Algunos hombres me miran extrañados cuando llegan a la casa y ven a una mujer detrás de la fresa. Pero cuando me tratan, se dan cuenta que no he perdido ni perderé jamás mi feminidad. Me encanta ser mujer y estas dificultades me han hecho crecer en la vida, ver las cosas de manera diferente. Como nunca más he podido hacer lo que amaba, le pongo mucha pasión a esto y eso me da ánimos para mantener viva la tradición iniciada por mi papá.

“A pesar de los espacios conquistados por nosotras en el ámbito social, queda mucho prejuicio todavía. Algunos no pueden entender que las mujeres somos capaces de emprender cualquier desafío y, de hecho, no tenemos límites para afrontar la vida. Somos valientes, competentes, tenemos un mundo de habilidades, capacidad creativa, imaginación, algo de lo cual muchas no se dan cuenta y por eso quiero exhortarlas a que no se amedrenten, enfrenten la vida y confíen en sus ilimitadas fuerzas. …

“La FMC otorga importancia a la incorporación femenina a todas las esferas de la sociedad. En mi opinión, toda labor, sea estatal o privada, es significativa, aporta al desarrollo, abre posibilidades. Considero vital el apoyo de la Federación a dicha participación y el incentivo para que las jóvenes inactivas accedan al empleo, así como para que las personas de mi edad o mayores, que permanecemos en casa por cuidar a un anciano o por una dificultad familiar o de salud, tengamos la oportunidad de insertarnos en la sociedad y ser útiles. A mí el hecho de tener el negocio en la casa me da la posibilidad de combinarlo con el cuidado de mi mamá longeva. De otra manera, sería imposible hacerlo.

Yolanda creció en un ambiente musical. Aprendió a cantar con su padre quien, además, era músico, tocaba el piano y la guitarra, instrumento que también confeccionaba. Pero el aliento de esa formación artística no abandona el desempeño actual de esta cienfueguera. “Trabajo con música, sobre todo la clásica, mi preferida. De lo contrario, no puedo concentrarme”, argumenta.

¿Satisfecha?

“Sí. No es mi realización espiritual como lo era el canto, que representaba mi vida, cuanto me hacía soñar a pesar de las exigencias. No es así ahora, mi actual labor es mucho más material que espiritual, pero me da orgullo alcanzar metas altamente difíciles”.

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