“Yes, I do” es posible


english Siempre ha llamado mi atención la apatía con la cual no pocos de mis coterráneos reciben las lecciones de Inglés durante su período estudiantil. La lengua de Shakespeare y Faulkner resulta poco atractiva a más de uno y los “no me gusta para nada”, “no me entra”, “no la entiendo” aparecen como excusas perfectas ante la reticencia a estudiarla.
Sin embargo, una información difundida a inicios de septiembre activa la alarma entre quienes esquivan el aprendizaje de dicho idioma: en un futuro cercano, será requisito indispensable para graduarse de la Enseñanza Superior demostrar dominio de ese habla.
De acuerdo con Rodolfo Alarcón, titular del Ministerio de Educación Superior, la normativa entrará en vigor luego de crearse condiciones propicias para ello pues la asignatura dejará de ser obligatoria, se impartirá a modo de cursos y se facilitarán recursos informáticos que fomenten la formación autodidacta, por lo cual corresponderá a los educandos procurarse los mecanismos para desarrollar competencias en ese idioma.
A algunas personas la medida parece difícil de cristalizar, al tener en cuenta las fisuras que durante años ha presentado la enseñanza de la lengua inglesa en nuestro país. La escasez de profesores –debido a razones que van desde el éxodo de estos hacia labores mejor remuneradas hasta un número de egresados de la especialidad no siempre en consonancia con las necesidades reales- propician que los escolares arrastren sus deficiencias en esa materia desde el nivel primario hasta la Universidad, donde no pueden resolverse sino con un enorme acopio de voluntad y una afición innata a los idiomas.
Ello explica por qué no pocos escolares acuden a vecinos y familiares cuando se les orienta, por ejemplo, un trabajo práctico cuya orden demanda escribir sobre una personalidad, una vivencia, un hecho histórico, la familia…, habilidad con la cual no cuentan muchos de quienes ni siquiera saben decir “my name is Yohandry and I am 14 years old.”

Paralelo a tales dificultades yace la falta de incentivo entre la población cubana para el estudio del Inglés. Pues no olvidemos que escuelas de idiomas y maestros particulares resultan bastante asequibles (en algunos lugares no se los encuentra, sabemos) a quienes necesiten y quieran dichos servicios. No obstante, las posibilidades de viajar harto restringidas hasta hace poco, la limitada oportunidad de acceder a empleos donde resulte indispensable el dominio de un idioma extranjero, la exigua interacción de los nacionales con visitantes foráneos en contextos diferentes del turístico o académico, desestimulan las apetencias de idiomas extranjeros entre los cubanos.

Y si a los factores anteriores añadimos la enorme ventaja que supone compartir una lengua nativa con 450 millones de habitantes del orbe, la mayoría de los cuales vive en el mismo continente, entenderíamos porqué en Cuba, en sentido general, se habla todavía poco y no muy bien la lengua de nuestros vecinos norteños.

Pero eso no nos exime de la responsabilidad, sí, responsabilidad, de ser fluidos en el idioma universal por excelencia en un mundo cada vez más globalizado. Si hasta ahora continúa siendo el de mayor uso en Internet (el Español le pisa los talones, pero ello es tema para otro comentario), en el que se escribe la mayoría de las informaciones científicas, en utilizado para sus discursos en la arena internacional por casi todos los políticos, el más empleado en los negocios, nuestros licenciados e ingenieros no pueden darse el lujo de ignorarlo.

Jamás se le ocurriría a un noruego, un sueco o un danés o cualquier otro europeo renunciar a aprender, desde pequeños, las palabras en las que se comunican sus vecinos británicos. Ya me lo comentaba hace varios meses una holandesa de visita en Cuba, al quejarse de las trabas idiomáticas encontradas en las instalaciones turísticas donde había estado. “El primer idioma en que te habla cualquiera en mi país es el Inglés. Luego, cuando se dan cuenta de que también eres de allá, entonces te hablan en neerlandés. Si ustedes quieren recibir más turistas, deben superar esa dificultad”.

Tal debe ser el espíritu que impregne las aulas universitarias y de cualquier otra enseñanza. Aprender Inglés no para aprobar sino porque nos hace falta. A las autoridades educacionales corresponde garantizar la docencia y a los educandos poner las ganas. Porque ante la pregunta “Do you speak English?” la respuesta “Yes, I do”, es posible.

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