El aire del maestro


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Tenía 12 años cuando el bichito del magisterio se le instaló en el cuerpo. No debió medir largos centímetros y, sin embargo, creció según la medida de su entusiasmo y determinación cuando, sin reparar en su edad infantil, se enroló en la Campaña que inundó de luz los rincones oscurecidos por el analfabetismo en Cuba. Galván. Pablo Ramón Galván Vigo supo desde entonces que sería maestro.

Lo reconoce durante una charla que hemos acordado bajo la excusa de saberlo galardonado con la Orden Lázaro Peña de II Grado, otorgada por el Consejo de Estado a propuesta de la Central de Trabajadores de Cuba y la Distinción Hijo Ilustre de la Ciudad. Pero tales reconocimientos, últimos en una nutrida lista, son solo pretextos para llegar a este “cienfueguero de pura cepa”, director, desde hace más de siete lustros, de la emblemática escuela Guerrillero Heroico.

Nos recibe afectuoso en una oficina sencilla, alejada en tamaño y confort de la que yo había imaginado para un centro educacional con el renombre de ese al cual dirige. “La prefiero así –responde al comentario del fotógrafo-. Si fuera más grande, estaría también más ocupada todo el tiempo”. Sus palabras no cargan la insinuación de quien levanta murallas entre sí y el mundo, sino de quien prefiere no ser distraído de sus ocupaciones. “Director, permiso….”, de vez en cuando algún alumno irrumpe en el lugar y deja ver, así, que Galván es un dirigente accesible.

Pudo ser médico, arquitecto, escritor…pero la profesión de educador lo eligió primero. Revisita las grutas de la memoria y se ve otra vez en la finca Las Carolinas, allá en El Hoyo, en Manicaragua, donde Bernardo Santiago Guillén y su familia lo acogieron como al más pequeño del hogar, cuando formaba parte de la brigada Conrado Benítez y había llegado a aquél sitio a compartir la dicha que otorga el ser capaz de leer y escribir.

“Posteriormente, a los 16 años, fui llamado al Servicio Militar. Primero aspiraba a estudiar Medicina, pero cuando salí, me incorporé a la Educación, porque la huella que la Campaña había dejado en mí precisó mi convicción de ser maestro. A partir de entonces comienzo esta labor, de la cual nunca más me he separado”.

“Nunca más” son 43 años y el tiempo que le queda por vivir y darse a este cienfueguero, quien se estrenó como profesional en el entonces internado de primaria Octavio García Hernández. “Cuando me inicié en ese centro era para trabajar con niños con necesidades educativas especiales, niños con ciertas características: abandonados por su familia, con muchas dificultades económicas y estaban internados allí. Comenzábamos a laborar a las 6:00 AM y terminábamos a las 10:00 PM, cuando se los entregábamos a los instructores. Ese centro imprimió en mí una marca imborrable. Ahí me sentí útil, pues eran muchachos desamparados, alejados de la familia y nos tenían a nosotros cubriendo ese espacio que había quedado vacío. Y nosotros, conscientes de eso, hacíamos todo cuanto estaba a nuestro alcance para que ellos nos vieran como a ese pariente, ese familiar que no tenían cerca”.

Luego, con solo 28 años, arribaría a la “Guerrillero Heroico” para ser su director. “Al llegar a esta escuela, el personal que encontré aquí me superaba bastante en edad y en preparación; eran maestros muy experimentados. Pero estaba consciente de la tarea que se me había dado: dirigir un centro que en Cienfuegos históricamente había tenido buen trabajo. Porque la ‘Guerrillero’ ha sido una escuela de tradición, una escuela que a través de todos los tiempos se ha hecho sentir en este territorio, de manera que mi labor al llegar aquí era mantener o superar los resultados que había exhibido”.

¿No siente como una especie de peso, de gran responsabilidad, el saberse a la cabeza de una escuela de referencia, a donde muchos padres quieren traer a sus hijos?

“Lo siento todos los días. Realmente el hecho de pensar que la escuela pudiera decaer nos mantiene preocupados. Pero ese peso es compartido, porque tengo la suerte, la dicha, de contar con un colectivo muy comprometido, que me ayuda a llevar esa carga y me demuestra que no estoy solo. Si hoy la nuestra continúa siendo una escuela admirada por los cienfuegueros, no se debe solo a mi dirección, sino al sentido de pertenencia demostrado siempre por quienes han laborado aquí en las diferentes etapas. ‘Guerrillero Heroico’ tiene esa característica: todo el que llega acá se compenetra con la labor, la trayectoria de la escuela y se suma al esfuerzo que a diario hacemos para no perder cuanto ha ganado durante tanto tiempo”.

Vivimos, no solo en nuestro país, en todo el mundo, momentos de cambios, de tendencias diversas. ¿Qué debe caracterizar a un educador cubano?

“Sobre todo, mucho amor a la profesión, la vocación, el compromiso con la labor que realiza. Cuando un hombre o una mujer decide hacerse educador, previamente debe haberlo pensado muy bien, porque esta es una tarea de mucha consagración, de mucha dedicación, de mucho sacrificio, porque el maestro todos los días necesita estudiar para estar a la altura de los tiempos, para poder llevar a los alumnos los conocimientos con toda la cientificidad requerida, para que atendiendo a ese dominio de la ciencia y la técnica que el maestro demuestre en sus clases, los alumnos confíen en que tienen delante a una persona que realmente les está transmitiendo las materias como son.

“Y algo que no debe faltar en ningún educador es el ejemplo personal. Eso es primordial: nadie puede exigir a los demás lo que no demuestre tener primero. Yo soy enemigo número uno de que a los demás se les pida lo que usted primero no da. Y si usted habla de amor, debe ser un ejemplo vivo de amor, si habla de solidaridad, usted en su modo de actuación necesita ser ejemplo vivo de esa solidaridad, si habla de buenos sentimientos tiene que demostrarlos en su actuación diaria, si habla de compañerismo, debe desbordarse en usted ese compañerismo. No se puede exigir si primero uno no demuestra que está dotado de todo cuanto exige”.

Cual un gesto involuntario, cruza y descruza los brazos mientras conversa. Mantiene un diálogo diáfano, con ideas precisas, convencidas. Habla de solidaridad porque con su propia experiencia puede ilustrar la trascendencia de esta. Cumplió misión en México, en el estado de Guajaca, a donde fue a enseñar a leer y escribir con el método Yo Sí Puedo, tarea que lo llevó a remontarse a la época cuando alfabetizaba en Cuba. “Me parecía que volvía a los momentos de mi infancia en los que hacía eso aquí, pero además, me caló muy profundo la satisfacción de aquellas personas por el hecho de que hubiéramos ido desde tan lejos a repartir el pan de la enseñanza. Nos mostraban su enorme gratitud a Cuba por haberles permitido conocer las primeras letras.

“Fue una estancia muy feliz, muy feliz, por estar reviviendo esa historia y por darnos la oportunidad de sentirnos útiles, más humanos, dando muestras de esa solidaridad de la que hablaba ahorita. Fui a México dejando atrás serios problemas familiares, pero sabía que ese compromiso con la humanidad uno debe tenerlo presente, de la misma manera que el resto de la humanidad lo ha tenido con nosotros en diversas circunstancias.

Galván comparte sus días con una mujer a la cual también está unido por la profesión. El hecho de que amor y trabajo se junten ha representado una ayuda inestimable para él. “Mi esposa es una gran educadora, aunque hoy ya no esté activa. Por su experiencia, tengo la posibilidad de consultar con ella muchas inquietudes y preocupaciones que en ocasiones no sé cómo voy a enfrentar. La mayoría de las veces, quien me da la pauta a seguir es ella, que siempre está en la mayor disposición para aclararme las dudas y entre ambos precisamos cuál es la mejor solución”.

Hay quien dice que los niños de ahora aprenden menos que los de hace 20 años. ¿Cuánto de cierto ve usted en esa percepción popular?

“Yo respeto el criterio de todo el mundo, pero el mío no es ese. En cada momento, pienso, los niños han aprendido como les corresponde. Considero que el conocimiento de los infantes está en dependencia de quienes le dirijan el conocimiento, cómo logran llegar con el conocimiento. Y no me refiero solo a la escuela, sino también a la familia. En todas las épocas, la familia, la casa, es también una escuela y en dependencia de cómo funcione ayer, hoy o mañana, así será la formación de nuestros niños”.

En ese particular, no puede ponerse de ejemplo; él no tiene hijos. “No he tenido esa dicha, pero al mismo tiempo siento una satisfacción tremenda, pues he dado a los que no han sido hijos biológicos tanto como le hubiese dado a los propios. Soy un hombre que se desprende de sí mismo para el bien de los demás. Me satisface mucho y me llena de felicidad cada vez que puedo serle útil a los demás…”.

La emoción asoma a los ojos y se siente en la voz. Ayuda a comprender las palabras de Cristina, una de sus trabajadoras: “sentimos en él al padre, el hermano, el compañero…”

Dentro o fuera de la institución, Galván es un hombre sencillo, contagiado con la afición latina al baile y la música, que gusta de leer y mirar la TV. “Es un gran dirigente, un gran amigo, una gran persona. Se ríe, se divierte… también hace maldades, pero siempre bajo el principio del respeto, sin ofender”, comenta Arturo, subordinado y amigo personal.

Cuentan quienes lo conocen que siempre ha buscado la perfección en el trabajo y sabe guiar a aquellos bajo su dirección. “Él me enseño a ser una trabajadora”, dice Justa de su director, ese cubano que valora en sus semejantes la sinceridad, la transparencia y se declara enemigo irreconciliable de la hipocresía, el engaño, la cobardía.

“Me gusta mucho mucho que la gente tenga valor para decir lo que piensa, porque yo he tratado de ser así y no me arrepiento”. Tampoco, es obvio, de haber hecho del magisterio el aire que respira.

 

 

 

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