Una cubana en tierra de vikingos


2015-06-25-21-47-43Noruega, Noruega, Noruega. El nombre tiene un ligero sabor a desconocido, a ese lugar del que escuchamos poco pues, tal como anunciara aquel titular de cierto diario español, esa nación se rehúsa a ser noticia. Pero es Noruega el país al que por primera vez viajo, el que me estrena en esa suerte de huida de cuanto resulta cotidiano, familiar, que significa para algunos un viaje al extranjero. Es Noruega el país que entrega las llaves de la vieja Europa a esta mujer caribeña, anudada al atávico deseo de traspasar el horizonte que, dicen, somete a quienes habitamos una Isla.

Hoy revisito en el pensamiento a Noruega y junto para estas líneas fragmentos de anotaciones desordenadas, hechas con premura, en modo que desdora al oficio de periodista. Es mi memoria la que habla, me resume en palabras e imágenes instantes de una corta estancia por aquella tierra hermosa, precisa, fría.

Llego un día estival. Desde la altura del avión las edificaciones de Stavanger se me antojan salidas de una historia de ficción y no puedo evitar el recuerdo de Ibsen y su Casa de Muñecas. Dos horas antes, Ámsterdam solo me había descubierto un aeropuerto descomunal, de formidable organización y confort, dentro del cual casi corrí de una puerta a otra so pena de perder mi próximo vuelo.

Arribo, repito, una mañana estival, aunque el estío allí es una grata pero efímera intrusión de las estaciones en una latitud condenada al invierno. El sol me ilumina a través del vidrio de las ventanillas y, junto al cielo de un azul lúcido, me juega una mala pasada. “Qué bueno, hará calorcito”, me digo mientras pienso en apresurarme hasta el primer baño para deshacerme de los abrigos que he usado durante el viaje. Dura poco el engaño. Media hora después, me convenzo: debió de ser escandinavo quien acuñó aquello de que “Cuba es un eterno verano”, pues el aire que me envuelve al salir del aeropuerto tiene la temperatura del más gélido enero de la Isla.

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Y es esa la primera señal de que me he ido lejos, a los confines del mundo, a solo pasos del Polo, donde la gente celebra y disfruta un verano que no es; que no empapa la piel y te deja exhausta; que no se afirma con estrepitosas tempestades; que no despierta la envidia de esta propia gente que huye, huye todo el tiempo a aquellos lugares donde la lumbrera del día sí calienta y lastima la dermis hasta hacerla enfermar.

Noruega me sorprende mientras me permite saborear una porción del llamado “Primer Mundo”. En los últimos años he conocido más al país, sus costumbres, sus avances, su sobriedad y buen tino. Sin embargo, los hábitos tropicales tropiezan de vez en vez con la idiosincrasia nórdica. Como en aquella ocasión cuando, presentada a una rama de la familia anfitriona, besos y abrazos preconcebidos para ellos quedan paralizados en el intento, ante la imposición de un simple aunque afectuoso apretón de manos, acompañado de una sonrisa de franca bienvenida.

O cuando me dirigen una mirada atónita al constatar mi debilidad, más bien, la de todos mis coterráneos, frente al azúcar. Ese edulcorante que en Cuba casi adoramos mientras ellos rechazan cual a un monstruo capaz de causar todos los males.

O cuando me persuaden de quitarme los zapatos al entrar a cada vivienda, so pena de estropear el impecable piso de madera.

Noruega me coloca de bruces frente al desarrollo. Me muestra un país cuya extensión territorial podría acoger tres veces a la exigua población que alberga. Me enseña una nación que transitó de la pobreza a la prosperidad gracias al descubrimiento de petróleo. Un país donde, sin embargo, los habitantes tienden a comportarse sobrios y austeros.

Una cubana muere de asombros en esta tierra de vikingos. No está acostumbrada a la exquisita organización de los parqueos; a no ver la basura reinar en las calles; a jamás encontrar las bebidas alcohólicas en posición privilegiada dentro de los centros comerciales; o a no ver a un fumador consumirse por su vicio en los lugares públicos. “Es muy impopular eso aquí”, me comentan durante una cena en la que hablamos de todo un poco: de cómo en Cuba los muchachos no esperan a los 21 para embriagarse, como allá; o de cómo casi ninguno tiene suficientes incentivos para sacar licencia de conducción a los 18, como allá.

Me agrada Stavanger, otrora simple pueblo pesquero y hoy ciudad donde reina el petróleo y sus beneficios, urbe en perenne expansión y renuevo, a donde llegan turistas a bordo de cruceros venidos de todas partes. Yo soy una paseante más que delata su origen y despierta miradas curiosas, por los colores de su indumentaria, entre una muchedumbre vestida de gris, blanco, negro y beige, mientras recorre el Old Town o se toma una foto junto a la estatua de Alexander Lange Kelland, uno de los más prominentes escritores noruegos del Siglo XIX.

Farsund, pequeño pueblo costero, atrae y sosiega. Pero es Bergen, con su espíritu alemán, su alma cosmopolita, la que despierta mi fascinación. El mismo hechizo que me producen los fiordos y las eternas tardes de verano, en las que nunca llega a oscurecer.

“Los noruegos somos aburridos”, me dice T. Steinar una de esas tardes que debían ser noches y yo en vano trato de entender o disfrutar un programa humorístico en la TV. Ahí comprendo cuánto cala el frío en la manera de ser escandinava y me pregunto cómo sobrevive un cubano (o una cubana) en una latitud así.

Minutos después, comienzan las noticias. Para entonces ya me he acostumbrado al acento musical de los noruegos. He aprendido a saludar, despedirme y dar las gracias en esa lengua. Sin embargo, me resulta hilarante la manera en que la locutora pronuncia una frase al anunciar cierto evento. Indago. No es más que una fecha: “den tjueni juni” (29 de junio), cuya pronunciación suena así como \den chúani yuni\ . Por alguna inexplicable razón me gusta. La repito. La aprendo. Hoy el mes y el día son otros, pero se me antoja otra vez Noruega, sus fiordos, su frío. Entonces balbuceo: den chúani yuni, den chúani yuni….

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