Grito de mujer


Yudith Madrazo Sosa y Leyaní Díaz Hernández

violencia en el hogar ILUSTRACIÓN.
Ilustración: Arí

Miedo. Durante mucho tiempo, Andrea* sintió miedo, ese temor que amordaza, paraliza, corta el aliento y devora la esperanza. Miedo que enseña a andar con cautela, a presagiar el peligro. Miedo que adiestra a una niña de siete años: “cuando sientas sus gritos, cuando veas que me golpea…ante una señal mía, sin decir nada, corre a buscar ayuda en el vecindario”. Miedo que hace trizas el silencio, se torna grito de desesperación, una denuncia. Miedo que un día se vuelve espanto, conoce las cumbres del horror. “Te amo” es un aullido, un machete atado a una mano, una diabólica ceguera, un cuerpo fragmentado cual si se tratase de un árbol hecho leña: la brutalidad en grado extremo.

Ocurrió en Cienfuegos, en 2016. No apareció en los medios, pero la noticia alcanzó a varios oídos. El dolor y la estupefacción, como sucede siempre en casos tales, marcó a cientos, aunque cientos todavía no sepan nombrar el hecho: femicidio, la cara más terrible de la violencia hacia la mujer.

“Fue desgarrador. ¿Qué derecho tiene el hombre a hacernos eso? La mujer cubana es un tren de pelea, tomamos la iniciativa en el hogar, trabajamos fuera, criamos hijos… ¿hasta cuándo va a ser esto? ¿Por qué estamos obligadas a soportarlo? ¿Cuántas familias no sufren lo mismo que nosotros? Esas cosas nunca se olvidan: no es muerte por enfermedad, ni por accidente: es asesinato premeditado y con cizaña, ¿qué derecho tiene nadie de actuar de esa manera?”

La tía de Andrea* acorta el sollozo para contar su historia. No quiere callar. Sabe que el silencio es el peor cómplice de aquello que la activista social española Ana Bella Estévez define como “Holocausto del siglo XXI”, un mal que expande su manto de vejación y dolor sobre todo el mundo, sin reparar en estratos sociales, nivel cultural, raza, afiliación política, o recursos económicos.

“Hablar de violencia de género y, específicamente, de violencia contra las mujeres, abarca un espectro muy amplio, que demanda acciones diferenciadas y, a la vez, integrales. Pero un primer paso es seguro: el reconocimiento de TODAS las formas de esa violencia y no solo de las más visibles”, expresa Liudmila Morales Alfonso, Máster en Género y Desarrollo de la Flacso.

Charo Luque Gálvez, analista española, lo ve como una expresión antidemocrática de la sociedad, “puesto que no sólo subyuga a las mujeres por el simple hecho de serlo, sino que además la permanencia de la cultura patriarcal induce a que la otra mitad de la sociedad, los hombres, tengan que ser cómplices necesarios de una opresión universal”.

Esa suerte de dominación tiene sus raíces plantadas en la desigualdad, la cual se expresa en la percepción general de cuanto se espera de un hombre o una mujer, o en el mérito que la sociedad otorga a una persona en razón de su sexo, tal como coincide un largo número de especialistas.

“¿Por qué matamos los hombres a las mujeres? ¿Porque somos más fuertes, porque tenemos el poder e incluso las líderes políticas se masculinizan como si lo femenino fuera algo vergonzoso? Los peores de nosotros matan a las mujeres y los mejores ¿qué hacen? Lo terrible es cuando la cosificas, cuando ves en la mujer un objeto que usas, matas, y desechas. El crimen empieza incluso en esas promociones televisivas que reducen al ser humano a un objeto”, reflexiona el escritor cienfueguero Marcial Gala.

De acuerdo con Yurina Pérez Azconegui, fiscal jefa del Departamento de Protección de los Derechos Ciudadanos en la sede provincial de la Fiscalía General de la República (FGR), los asesinatos en 2016 disminuyeron con respecto a 2015, que fue un año muy violento. “Pero sí se ha incrementado el grado, la magnitud de la violencia en cada hecho”, explica.

LAS ATADURAS DEL MIEDO

Resulta alarmante cómo todavía algunas agredidas se sumergen en ese peligroso mutismo que, de no romperse, puede llegar a desenlaces fatales; o cómo en ocasiones, ante la intervención de agentes del orden u otros factores de la comunidad, la víctima incluso sale en defensa del victimario.

Desde su perspectiva como fiscal de Procesos Penales Wendy Zuaznábar Hechavarría ilustra este comportamiento: “las mujeres hacen la denuncia y luego retiran la acusación. A veces la propia Policía y la Fiscalía, en contra de la voluntad de ellas, lleva el caso a los tribunales, donde han sancionado al agresor. Nos hemos visto en la situación de ponernos fuerte para defender a quien, sin embargo, no se defiende a sí misma y hasta hemos llevado al acusado a prisión provisional, si tiene antecedentes penales o ha sido acusado de amenaza”.

Tal reticencia a sacar a la luz los problemas de maltrato, llevarlos del ámbito privado al público encuentra explicación en el llamado “ciclo de la violencia” o en la persistencia de estereotipos culturales que justifican y hasta reproducen el fenómeno. De ahí el imperativo de una acción multifactorial, pues existe la tendencia a ver a la perjudicada como la única responsable de su situación y, por tanto, la compelida a luchar por ponerle fin.

A juntar esfuerzos exhorta también la Máster en Género y Desarrollo Morales Alfonso. “Juristas, periodistas, científicos sociales y el Estado, en general, tienen una gran responsabilidad en favorecer un marco que desmonte los estereotipos culturales, esos mitos injustos como ‘entre marido y mujer nadie se debe meter’, cuando es claro que dentro de esa relación hay evidentes desigualdades de poder y desventajas económicas, físicas o psicológicas.

“Entre marido y mujer se debe meter la sociedad toda, si hay violencia, porque la sociedad toda tiene responsabilidad en su reproducción y en su eliminación”, argumenta.

En la opinión de Admet Villa Campillo, trabajador cienfueguero, a veces en el barrio las personas se quedan de brazos cruzados cuando ven los maltratos a los que son sometidas sus vecinas, lo ven como parte de la dinámica del barrio. “Yo creo que las autoridades de la comunidad, dirigentes de los CDR o la FMC, por ejemplo, deberían conversar más con la familia, hacer llamados de alertas para así evitar desenlaces fatales”, manifiesta.

“En Cuba persiste una cultura machista, aun cuando la mujer desempeña un papel protagónico y los postulados de la Constitución dejan bien claro que hombres y mujeres gozan de iguales deberes y derechos…pero aun con toda esa voluntad estatal hay elementos que debemos perfeccionar”, asevera la fiscal Pérez Azconegui.

Una de las cuestiones en las que se necesita avanzar es en la modificación del entramado legal, con la aprobación de una ley específica para la violencia de género, y la tipificación dentro del Código Penal del femicidio como delito. Durante años, diferentes actores sociales han gritado a coro esta necesidad.

Concuerda con ello la jefa del Departamento de Protección de los Derechos Ciudadanos. “Urge la existencia de una norma que proteja a la mujer del maltrato, del abuso al que no pocas son sometidas a diario, no solo del delito, eso es ya un resultado, algo concreto. Si existiera, ahí si daríamos un paso adelantado en la protección a la mujer y las niñas. Firmamos la Convención Internacional de los Derechos del Niño, somos parte de la Convención Internacional para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación a la Mujer, sin embargo, podemos hacer más en virtud de concretar los principios de esos mecanismos”, precisó.

Aun así, a juicio de Zuaznábar Hechavarría en la actualidad se registran progresos en las respuestas a este flagelo, debido a las transformaciones presentes hoy en la sociedad y al hecho de que con frecuencia esas amenazas no quedan ahí, sino que llegan a lesiones y hasta al asesinato. “Aunque cada caso es diferente, la tendencia es la de imponer sanciones severas. En la actualidad se extrae a estas personas del medio social, aun cuando sean primarios en la comisión de hechos delictivos, las penas son inclusive de un año de privación de libertad y de trabajo correccional con internamiento”, explica la fiscal.

No obstante tales medidas, en Cuba hay agujeros en la respuesta a la violencia hacia la mujer. No existen, como en otras naciones del orbe, las llamadas Casas de Acogidas, diseñadas para dar abrigo y atención psicosocial y jurídica a aquellas cuya vida se encuentra en peligro inminente, producto de la violencia por parte de sus parejas o exparejas.

SILENCIOS ROTOS

Cual prisionera de su propia celda, durante casi dos años Lucía* vivió momentos de desesperación, enclaustrada en su casa, inerte ante el acoso de su ex pareja, un hombre que la consideraba su propiedad, la perseguía a todas partes… Un día decidió dejar de caminar en círculos, de tantear en la oscuridad y encontró la puerta de salida.

“La Fiscalía ofrece protección a la mujer. En cuanto a la atención a los ciudadanos, pueden presentarse personalmente en horarios laborables de lunes a jueves y también tenemos la alternativa de la Línea Única, para denunciar esos asuntos. A pesar de eso, quizás por desconocimiento, las cifras de mujeres que acuden a la institución son insignificantes comparadas con la incidencia de la problemática”, señala la fiscal jefa del Departamento de Protección de los Derechos Ciudadanos.

Similar situación registran las Casas de Orientación a la Mujer y a la Familia, de la FMC. De acuerdo con Idolidia Camejo Rodríguez, miembro del secretariado provincial de la organización, el pasado año los casos atendidos referentes a la violencia de género fueron inferiores a los de 2015. “Esto sucede porque no ven a la Casa como espacio donde ventilar su problema. Allí existe un lugar reservado para escuchar a estas personas, además contamos con colaboradores responsables, de alta profesionalidad, discretos, preparados para trabajar con la familia”.

Sin embargo, de poco sirven semejantes mecanismos si persiste la cultura patriarcal y las construcciones erradas de la masculinidad que perpetúan la violencia hacia mujeres y niñas. De ahí el imperativo de remover esos fundamentos e impulsar desde la infancia la educación en la equidad.

Tal es la percepción de la MsC Morales Alfonso cuando expresa que aunque la sociedad y el Estado fustiguen el maltrato y el asesinato a la mujer, el imaginario social justifica otras formas de violencia que, a la larga, generan sujetos educados bajo las normas de la superioridad masculina.

“Los chistes sobre la ‘inferioridad’ de las mujeres o el pensamiento de que el maltrato en la pareja es privado, van reproduciendo una cultura de violencia invisible, en la cual se forman las mismas personas que luego matan o golpean a una mujer. Esos hijos crecen pensando que las relaciones agresivas y desiguales son ‘normales’ y luego la violencia escala hasta llegar a las formas que sí reconocemos: las visibles, las causantes de daños graves o irreversibles a la integridad física”.

Para la MSc. Yoanka Rodney Rodríguez, resulta indispensable promover desde edades tempranas modelos educativos en las relaciones como la mejor manera de avanzar hacia una convivencia pacífica, colaboradora y plena. En concordancia con dicho postulado aparece el manual Educar para la igualdad, de la cual es coautora.

Según declara, los niveles y formas de violencia producidos en las escuelas son reflejo de cuanto ocurre en las familias o en las comunidades en que se insertan niñas y niños, así como de que dichas conductas no constituyen un mundo aislado del resto de la sociedad.

Igualdad, respeto, estima, consideración. Las palabras componen un grito de mujer multiplicado en ecos. Clamor que revienta las paredes de la celda donde la encierra su temor, rompe los grilletes, abre la puerta por donde, sin pedir permiso, entra la luz y resplandece en cada rincón oscurecido por la vejación y el menoscabo.

*Andrea y Lucía son seudónimos utilizados para proteger la verdadera identidad de las personas a las que se hace referencia.

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