Tocar el pan con amor y esperanza


IMGP0078Al parecer, nadie sabe a ciencia cierta cuándo y dónde el hombre comió pan por primera vez, aunque la historia y la literatura dan cuenta de su existencia desde los albores de la humanidad. Hay quienes otorgan a los antiguos egipcios o a los babilónicos el mérito de ser los fabricantes pioneros de ese producto. Mas poco importa si fueron ellos o no, el pan llegó a cada rincón de la tierra y se convirtió en símbolo de la alimentación universal.

Con elegancia lo dijo el poeta español Eladio Cabañero: “Puesto sobre la mesa el pan premia y bendice”, por eso es recibido con agrado en casi todas, desde las más sencillas hasta las más opulentas. Preferido en desayunos y meriendas, pocos prescinden de él en la dieta diaria, de ahí que tanto mortifique cuando ven menguada su calidad. Pero esta no es siempre aliada del pan destinado a la venta normada, el de 0.05 centavos, el que muchos padres esperan para el bocadillo de sus pequeños durante el receso escolar.

“Periodista, quiero pedirle algo: hable de la calidad del pan aquí en Lajas. Últimamente no hay quién se lo coma, da pena dar eso a los niños para merendar…escriba sobre eso, no podemos continuar así, alguien tiene que hacer algo…”. Aquellas palabras dejaron el sabor de la urgencia ante el reclamo de una lectora, una ciudadana confiada en que la prensa puede (a fin de cuentas, tiene esa misión) ayudar a resolver los mil y un problemas que se presentan en el finísimo y enrevesado tejido social en el cual nos desenvolvemos.

Y sabíamos ella y yo que el asunto es recurrente, que el pan ha sido tema de más de un trabajo en nuestro semanario, pero, así como persiste la insatisfacción, pervive el reclamo del pueblo por volver la hoja al desencanto, cuando a sus manos llega una hogaza poco agradable al paladar, que se deshace al partirlo o se cubre de moho apenas 24 horas después de hecha.

En busca de una explicación llegó la reportera hasta la panadería Dionisio San Román, en Lajas, donde Haydée Martínez Rosuero, administradora, le comentó sobre la inestabilidad en la calidad de la harina durante los meses de febrero y marzo, la cual contenía un bajo por ciento de gluten, aspecto que frena la fabricación óptima del gustado producto.

Me aseguró Haydée (y lo constaté durante mi visita) que en ocasiones han debido arreglárselas con cuatro tipos de harina, mezclándolas para sacar un pan algo mejor y agregó que el estado de la levadura también ha tenido problemas.

Coincidió con ella Pedro Benítez Sardiñas, director de la Industria Alimentaria de dicho municipio, quien afirmó que técnicos, administración y dirección de conjunto realizan pruebas constantes con vistas a incrementar la calidad de ese alimento. “La harina no tiene la composición requerida para el pan que la población necesita, pero hacemos esfuerzos para entregarles uno mejor. También tenemos dificultades con el núcleo y la levadura, no todas son del mismo código y algunas no tienen lo requerido para el proceso de fermentación. Los técnicos provinciales realizan pruebas y mandan una carta sobre cómo se deben combinar con vistas al mejor resultado”, explicó el directivo.

Para las condiciones con la cual elaboran el pan, dijeron los entrevistados, el producto final sale bastante aceptable, pero reconocen que los consumidores necesitan y anhelan algo superior.

¿Revisar la fórmula? ¿Asemejarla a aquella bajo al cual fabrican el pan para la venta liberada, mucho más atractivo al paladar? Quizás por esa vía se llegue a la meta de las soluciones, pues si bien es cierto que las posibilidades económicas permiten a algunas personas renunciar al producto normado (por su mala calidad) y consumir solo el de 3.00 o 4.00 pesos (flautín o de corteza dura), todavía un número considerable debe atenerse solo al normado, ese que igual merece algo de dignidad y, como también escribió Cameño, para tocarlo hay que “apurar nuestro poco de amor y esperanza”.

 

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